El éxito, el viento y las rocas

Naufragio relatado

Antuán

Tu barco se iba a pique, sin la menor duda. Había superado muchas travesías arriesgadas, demasiadas, pero la última tormenta lo sentenció.

                Ahora era tarde, demasiado tarde.

   Tu singladura empezó el día en que naciste. Igual que la botella que revienta contra el casco de un barco en su botadura, tu madre rompió aguas en el muelle, poco después de que tu padre, al que no conociste, soltase amarras para su última campaña del bacalao en aquel peligroso caladero nórdico. No daba tiempo a trasladarla al hospital y la atendieron en la enfermería de la lonja, donde siempre había personal de guardia, disponible para socorrer en primera instancia a los marineros que regresaban lesionados. Llegaste muy rápido, casi deslizándote como un pez desde aquel vientre, y lo primero que vieron tus ojos pringosos al salir fue el tinte de docilidad que lo impregnaba todo.

      Redes, aparejos, capturas, ausencias, trabajo duro, conversaciones breves, rezos y supersticiones envolvieron tu niñez y tu adolescencia, y alimentaron, aunque no las reconocías aún, tus ganas de alejarte de todo aquello en cuanto surgiera la menor ocasión. Crecía en ti el rechazo a la abnegación de los de «tu clase». Saturaba las redes de tus pensamientos, como los peces 64 de las gloriosas jornadas que tus mayores recordaban con voces de orujo en las tabernas del embarcadero.

      Habían prefijado tu rumbo desde joven, pero no tardaste en dejar atrás ese plan, duro, resignado, pleno del carácter, sobriedad y estoicismo que caracteriza, según dicen, a las gentes del mar y a todo lo que tiene que ver con ellas. Después de estudiar lo básico en tu pueblo y alcanzar la edad prescrita, izaste tus velas para recalar por tus propios méritos académicos en una universidad del interior. Querías confirmar que el horizonte —¡el tuyo!—, además de formar la línea donde desaparece el sol cada tarde, podía verse en otra región que no fuera el poniente.

      Los contratiempos te superarían, a pesar de que tus asesores, vigías interesados de tu rumbo, te alertaban frente a la deriva confusa de las últimas jornadas. Leíste muy mal la carta náutica de tu existencia. No mirabas jamás hacia las estrellas, pues solo creías en la tuya. Desaprovechaste los últimos vientos que soplaron de popa antes de aquella crisis. Ignoraste los escollos que despuntaban en el mapa como trampas acechantes del fondo marino.

      Aunque era tarde, te seguías fiando de la brújula. No la usabas para buscar el norte, sino para confirmar en qué punto cardinal se produciría el desastre de tu recorrido triunfal. Al menos, nadie te echaría en cara que ibas desnortado hacia tu destino. Pero eso no te consolaba. No, porque no estabas abatido. Tu prepotencia te acorazó, a base de capas solidificadas entre sí, año tras año, éxito tras éxito. Ese caparazón de indiferencia te mantendría a flote, pero tus bodegas también acumulaban peso, mucho peso.

      Suelta lastre, te aconsejaban. Ni caso. Déjate remolcar. Te negabas en redondo.

Así te fue, y así te iría, y no lo viste llegar cuando más claro estaba.

En los tiempos ociosos que te concedían los estudios de las leyes, la economía y otras disciplinas, te dejaste arrastrar por las corrientes de algunos compañeros de travesía que llevaban tiempo lanzando sus aparejos hacia la «cosa pública». Allí pescaban como voluntarios en partidos y concejalías, o surcando otros bancos donde las capturas parecían no agotarse, y donde bastaba con lanzar bien los sedales o manejar el carrete con precisión.

Dominabas las técnicas de negociación y persuasión que te habían enseñado en la facultad. Ibas aquilatando una reputación que empezó a precederte nada más terminar el último máster y que te valió para conocer a gentes influyentes en la región.

Empezaste a ser muy interesante, y aún más interesado.

Al principio, algunos poderosos preguntaban con discreción por tu identidad, tu cuna y, lo más importante, las posibilidades que tenías de favorecer a sus intereses desde esos puestos de relevancia a los que ya escalabas a toda velocidad. En esos primeros tramos de tu ruta, tus velas cazaban los vientos y tensaban los cabos hasta su máxima resistencia. No podías desaprovechar ni un soplo para arribar a tu amarradero final.

Hasta que lo conseguiste.

Ni siquiera te perturbó que un día, en plena faena, se presentase alguien «de la aldea» para recordarte que tu derrotero actual no era el señalado para ti por la tradición en la tierra que te vio partir. Te traían al pairo, esos agoreros con olor a pez que pronto verían su error. Tú tenías otros planes y, si no había ningún peñón, pronto llegarías a puerto seguro.

Tu bitácora de a bordo recogía el relato minucioso de las magníficas jornadas de buena mar que se sucedían sin nubarrones a la vista. Negocio tras negocio, trapicheo tras trapicheo, influencia tras influencia, se multiplicaban y llenaban tus cuentas corrientes y las de tus oficiales de marinería con obscenos bene66 ficios. Las capturas no siempre cumplían las normativas, pero tu tripulación también contaba con quienes debían mirar hacia otro lado o sentenciar que todo estaba correcto.

No se te escapaba nada. Todo en orden.

Bancos de delfines aleteaban y saltaban rozando tu casco en una simpática coreografía naval que te llenaba de optimismo.

Nada te detenía, eras el rey del mar, capaz de enfrentarte a Neptuno si osara asomar su tridente. Tus allegados entonaban cantos de sirena en bucle; te repetían que lo tuyo era puro carisma de líder, de capitán, de almirante.

Y te lo creías, y te lo creíste.

Conocías y dominabas el arte de mandar, sin haber sido mandado antes; por eso, tu carácter y tu prepotencia se habían endurecido sin el aprendizaje de la obediencia, con la contundencia del hierro de los eslabones de las anclas.

Y te temían todos, menos tú.

El liderazgo te correspondía porque tenías madera para ejercerlo. Los asesores menos escrupulosos y los dineros más tentadores de los dirigentes más carroñeros se cruzaban en tu itinerario triunfador, y tú los enrolabas sin pudor. Tu experto manejo del timón aseguraba trayectos sin sobresaltos. Los negocios crecían y crecían. Desde el puente de mando, gozabas de una perspectiva amplia de la situación, las decisiones que debías adoptar, las viradas, el cambio de rumbo, todo.

O casi todo, y todo cambió.

Un mal día, los cielos grises se presentaron sin avisar. Ni siquiera tu radar electrónico de última generación había podido predecir esa tormenta que se cernía sobre tu barco. La crisis mundial se conjuraba para provocar la mayor agitación que jamás podías haber imaginado. El vendaval arremetió con fuerza inusitada, las enfurecidas olas alcanzaban una altura descomu67 nal antes de sacudir contra el casco, que ya empezaba a hacer aguas a causa de la inflación y la escalada de los precios. El paro arreciaba, los bancos quebraban, el populismo y el fanatismo lo invadían todo, los líderes enloquecían… un diluvio perfecto.

A pesar de tus esfuerzos, el barco empezó a adentrarse en aguas peligrosas, cerca de unos roqueríos que amenazaban con destrozarlo.

Entonces, todo se precipitó. Una gran cortina de agua apagó el sol y envolvió la embarcación, lanzándola contra los riscos en un impacto ensordecedor. Enseguida, el silencio vació la escena marina.

¿Era el final? Nadie sabe con certeza lo que pasó. Cuentan que sobreviviste, pero que no escapaste a las consecuencias de tus decisiones. Tu coraza se disolvió y tu alma, rota y arrepentida, quedó expuesta a las miradas celosas del entorno, igual que tu cuerpo, semicubierto por jirones de tela del foque atados con unos cabos de cáñamo.

Te vieron caminando descalzo por la playa, con la mirada perdida hacia el horizonte, uno distinto del que tenías previsto antes del gran naufragio. Llegaron a afirmar que estabas triste.

Lo que jamás habrían adivinado es que solo buscabas una señal, otra oportunidad para redimirte de ti mismo. La encontrarías cuando se conjugaran el momento y los vientos propicios para volver a zarpar en la que sería la singladura definitiva…

O cuando terminara la puñetera condena.

Relato incluido en el libro "Naufragios"