Con Remigio y Ernesto, ratones residentes del Archivo Central de Historia Humana
—Ernesto, escúchame con atención —dijo mientras se alisaba los bigotes, ya canosos de tanto archivo y tanto olvido—. Esto no es una fábula. Es una advertencia. Los humanos no aprenden. Solo repiten, como si la Historia fuera una playlist maldita en modo bucle.
—¿Otra vez estás con lo de la tontuna, Remigio?
—Sí, otra vez. Porque la tontuna no descansa, Ernesto. Es tenaz, es puntual, y lo más trágico: es muy popular. Siempre empieza igual, con las mismas fanfarrias: himnos hinchados, banderas que ondean como si el viento mismo fuera patriota, y discursos sobre el orden como si la desobediencia fuera una enfermedad vergonzosa. Luego vienen las listas negras, los fuegos purificadores envueltos en toga legal, y trenes… ahora aviones, siempre lo mismo, cargados de desgraciados con rumbo a algún infierno subcontratado a líderes populistas con apellido de baile exótico.
Ernesto le miró con esos ojos suyos, tan redondos y todavía ingenuos, como si el mundo cupiera en una pelota de ping-pong. No sabía, pero ya intuía. Por eso bajó la voz, a pesar de su juventud, presentía que la Historia pudiera estar escuchando.
—¿Como lo del cómic?, ¿los ratones que eran personas?
Remigio asintió con solemnidad roedora.
—Sí, como Maus. Solo que no era un cuento, Ernesto. Era pura memoria disfrazada de viñeta. Era un espejo. Y ahora ese espejo vuelve a empañarse con el mismo aliento. El mismo miedo. Las mismas excusas.
—¿Pero no es exagerado decir que están volviendo al fascismo?
—¿Exagerado? Mira a tu alrededor. Mira Rusia, ese vasto teatro donde un autócrata hace monólogos patrióticos entre misiles y popes sonrientes. Mira Estados Unidos, donde un profeta de la posverdad vende el caos como patriotismo. Observa cómo todos, muy machirulotes ellos, aplauden a quienes silencian la disidencia, demonizan al distinto, reescriben los libros de texto como si la Historia fuera una entrada editable de la Wikipedia. Solo tienes que mirar alrededor, y recordar entre las páginas de esta biblioteca cómo en los años treinta también empezó así: primero se cerraron bocas, luego bibliotecas, después fronteras. Al final, los ojos. Especialmente los que no convenía que vieran.
—¿Y nadie lo ve venir ahora?
—Oh, sí. Algunos lo ven. Pero los llaman exagerados, aguafiestas, los alarmistas de siempre. Aplican lo que los humanos bautizaron como la ley de Godwin, esa joya del pensamiento cómodo que dice que si mencionas el nazismo, tienes mucha probabilidad de perder un debate. Como si nombrar al monstruo lo invocara, y no señalar que ya está ahí, sentado en el sofá, bebiéndose el güisqui que le sirve la democracia.
Remigio sacudió el polvo de su bigote con la dignidad de un académico y desplegó un fragmento de diario arrugado. Eran las palabras de algún humano lúcido, perdido entre likes y desmentidos oficiales. Nadie lo leía ya, claro. Leer incomoda. Lo señaló y dijo, mirando hacia cualquier estantería:
—Putin no empezó como monstruo, Ernesto. Solo pidió respeto. Dijo que quería dialogar, ser parte del club europeo. Pero Europa, tan ocupada en sus propias narices, no escuchó. Y ahora él también quiere «hacer a Rusia grande otra vez». ¿Te suena? Lo mismo dijo Hitler. Solo que con más gritos y menos redes sociales y granjas de bots.
—¿Y América?
—Igual, el eterno espectáculo. Allí, el líder carismático —rico, vociferante, con repelús por los libros y adoración por las cámaras— repite el libreto con precisión teatral: nostalgia, miedo al otro, promesas de orden, sentido común… «Dios me envía». Promete devolverle la grandeza a una nación que nunca tuvo claro qué significaba eso. Luego vienen las purgas judiciales, los periodistas acusados de traición, y los intelectuales… bueno, esos van directos al rincón del olvido. No hacen buena televisión.
—¿Pero el mundo ha cambiado, no?
—Por supuesto que ha cambiado. Ahora todo funciona con una eficiencia quirúrgica. Las armas son inteligentes —mucho más que quienes las empuñan, en no pocos casos—; la vigilancia ya no se limita a cámaras: vive en nuestros bolsillos, escucha, predice, anticipa. Y la propaganda… ah, la propaganda ha aprendido a ser sutil. Ya no necesita gritar. Ahora susurra a través de algoritmos, se cuela en bailes de TikTok, se disfraza de humor en un meme compartido miles de veces. No convence: te hace creer que pensaste por ti mismo. Pero el truco es el mismo: miedo, odio, obediencia. Y siempre, siempre, un pueblo que dice: «Esto no puede estar pasando otra vez».
—¿Y Europa?
—Europa, querido Ernesto, es como ese viejo noble que aún se arregla para viajar en avión. Tiene la memoria quebrada, los huesos aún calientes, y un miedo cerval a la decisión. Ya fue cómplice una vez, por cálculo, por comodidad, o por cobardía bien remunerada. Hoy vuelve a parpadear entre la indiferencia y la alarma, como si el dilema fuera nuevo.
Ernesto bajó la cabeza. No lo entendía todo, pero había captado la melodía. Porque la Historia tiene una banda sonora, y ahora se repite con tonos bachateros.
—Entonces… ¿el fascismo vuelve?
—¿Vuelve? No, muchacho. El fascismo nunca se fue. Solo se cambió de traje. Hoy viste de democracia, sonríe en reels, y se cuela por las urnas. Pero sigue siendo el mismo: el que divide, el que señala, el que promete seguridad a cambio de la dignidad del otro.
Remigio se acurrucó en su rincón, entre páginas prohibidas y memorias que ya no se citan. Antes de cerrar los ojos, aún susurró cansino como quien dicta su epitafio:
—La tontuna, Ernesto, no es ignorancia. Es desmemoria con premeditación. Es ver cómo arde tu casa y decir que al menos da luz y calor. Es brindar con gasolina y desear la paz.
El ratón joven, que todavía quería creer en la cordura, se estremeció, porque sabía —con esa punzada que se instala honda, como astilla en carne viva— que, en algún país, en algún despacho sin ventanas, ya estaban preparando las listas. Esta vez en una tabla de Excel.


3 comentarios sobre “El gran ciclo de la tontuna”
Como decía el gran René Lavand… «no se puede hacer más lento» (poner acento argentino).
Enhorabuena por este texto, es tan sencillo como lúcido.
Gracias, JM., por la cita certera y por el comentario en general. Te invito a leer el resto de la web, recién actualizada.
No aprenderemos nunca🧐😐😔🌍!
Cada vez que acudimos a las urnas, más escéptica soy con el resultado😔🇪🇸🇻🇪. Me apena profundamente, las pocas o ninguna gana, de aprender de mucha gente, casi dos generaciones🧑🏻🎓👩🏻🎓📗. Magnífico recorrido geopolítico😊.