
El autor decidió que aquella mañana, tan fresca y soleada como otras muchas de esa misma semana, no se levantaría temprano. No haría sus ejercicios básicos de estiramiento para mitigar el dolor cervical que lo acompañaba desde hacía seis años. Tampoco se pondría las zapatillas de felpa ni caminaría directo hasta el baño, donde revisaba su móvil mientras dejaba que la tensión habitual de su vejiga se diluyera lentamente.
No. Esa mañana, simplemente, se quedó mirando el techo. Observaba una pequeña mancha de humedad que descubrió en la esquina que coronaba la ventana del dormitorio. Era una isla gris diminuta, rodeada de un blanco perfecto, de textura goteletiana de toda la vida. Una presencia silenciosa que llevaría meses ahí, sin que él se hubiese decidido a intervenir.
Y entonces, contra toda su rutina matinal, decidió seguir tumbado. Si esa mancha había sobrevivido sin atención durante tanto tiempo, ¿por qué no iba a hacer él lo mismo? ¿Por qué debía levantarse y cumplir con los rituales hasta ubicarse frente a la pantalla de su portátil y comenzar a inventar historias, tramas, personajes, diálogos que apenas unos pocos leerían?
No. Ese día no haría nada de lo que solía exigirse. Abandonaría la lista de tareas, implícitas o explícitas, que en algún momento, ya lejano, se había autoimpuesto.
No le veía ya la utilidad.
Claro que tampoco esas tareas la tenían. No vivía de sus textos. Escribir le había servido para liberar tensiones, para alimentar una vanidad que cultivaba en secreto mientras se jactaba ante sus amigos de que le gustaba escribir.
Y sí, disfrutaba escuchando los elogios de quienes le concedían que no lo hacía mal.