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Reina de su jardín

Un relato de amor minúsculo y devastador

En su jardín, Amanda criaba insectos como otras personas cuidan gatos, perros o tortugas. No tenía jaulas ni terrarios. Los dejaba libres, pero volvían. Siempre regresaban. Sabían que allí, bajo su sombra o sobre su piel estaba el verdadero alimento: la pasión de su dueña.

Hormigas rojas, negras, plateadas. Escarabajos exóticos y domésticos. Traídos de lejos, o nacidos en el mismo jardín. Unos llegaban en sobres especiales sellados, otros en tubos de vidrio, que abría como si fueran cartas de un enamorado. Soltaba el contenido sobre su piel desnuda, recostada en semisombra entre los helechos del jardín, al mediodía, cuando el sol caía en vertical y no había lugar para el pudor.

Los dejaba evolucionar por su anatomía, atenta a cada cosquilleo, a cada roce mínimo de sus patas inquietas. No era penitencia, ni experimento: era placer puro. Un ritual íntimo que la excitaba con cada paso diminuto, con cada grupo de antenas exploradoras en tropel. Las hormigas parecían descifrarla, leer su piel como un texto sin secretos. No era solo epidermis, era campo sagrado, superficie anhelante, memoria corporal. Donde lo dejaba crecer, el vello se erizaba de puro goce. Los brazos delineaban rutas. Las vértebras formaban puentes, y las cicatrices… las cicatrices eran grietas dulces donde el deseo se intensificaba, porque hasta el dolor pasado se atenuaba bajo las minúsculas patas pegajosas.

Las imaginaba como súbditas amadas, obreras fieles. Dominaba la quietud, contenía los temblores durante esos largos momentos del cosquilleo previos a la culminación. Si alguna se perdía entre el pliegue de su rodilla o subía por la curva de su pecho, Amanda no corregía el rumbo. Confiaba. Era parte del pacto, pues tampoco existía un itinerario correcto o permitido. En cada sesión encontraba una forma de pasión no humana, exacta, sin palabras, sin expectativas, sin promesas, sin interpretaciones. Pura. Precisa. Instintiva.

Un día, invitó a un buen amigo a disfrutar en su jardín. Era alto. Educado. Traía vino y frutos secos. Se sentó a su lado y le habló de arte, de libros. Ella lo escuchó con cortesía. Él le pidió tocarla, allá donde no llegaran las hormigas. Sin violencia, ni urgencia, solo con la torpeza de quien está convencido de que todo se consigue si se solicita por favor.

Su mano, grande, cálida, pero algo áspera, la rozó. Y Amanda lo supo: no. No era igual. No era correcto. Aquella caricia era ruido. Desorden. Ruptura. Lo miró con lástima. Le rogó que se fuera. Ninguna mano humana se parecía al paso leve de una obrera obediente. Ningún amor sabía estar tan callado. Nadie sabía coronarla como ellas.

Amanda cerró bien la verja. Se tumbó de nuevo entre los helechos y esperó. Enseguida regresaron, se subieron por sus tobillos, cruzaron su espalda y rodearon su cuello como un collar vivo.
Con los ojos cerrados, Amanda volvió a ser la Reina de aquel jardín.

(Ejercicio sobre el fetichismo Formicofilia, en el taller de Escritura Creativa de Cristina López Barrio)

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Un comentario sobre “Reina de su jardín

  1. Marga Canovas García dice:

    Amanda es una mujer sensible y sobre todo, aprecia a sus tiernas, pequeñas y lujuriosas criaturas, a las que cuida y cría con devoción maternal. A ellas, no les hace falta ir a una tienda gourmet, para agasajar a Amanda, con vino y frutos secos.

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