
Hace dos días que abandonamos el archipiélago de las Azores. Pensé que la escala en esas islas me vendría bien, pero me vi mareada por sus calles de una forma que no imaginaba. Al menos pude darme un baño en la posada y hacer que lavaran mis ropas. La primera semana de navegación desde el puerto de Ferrol fue absolutamente infernal. La pasé vomitando casi todos los días. Mareada y sudada. Encerrada en mi camarote. Me sentía avergonzada y sucia. Una señora no debería dar esa imagen. Ahora nos queda mucho viaje por delante hasta Cartagena de Indias. Tengo la impresión de que se me va a hacer largo en extremo. No veo el día de encontrarme por fin contigo, mi adorado Felipe. Ya no cuento en meses, sino en semanas, y sueño con poder contar en días.
Te quiere,
Elena de Mendoza y Salgado
Todos los días escribo unas palabras a mi marido, aunque sé que no las leerá aún. Me evade de la monotonía del viaje. Creo que voy acostumbrándome por fin al barco, el primero que pisa una mujer de tierra firme como yo.
El espacio me parece pequeño, estrecho. Por la noche, cuando reposo en mi camarote, la madera cruje como si fueran los huesos doloridos de un viejo. Todo el barco huele a cerrado, a sal y a humedad. A interior de una boca de animal. A ratos me siento como si yo fuera a acabar convirtiéndome en una de sus costillas.
Los días pasan muy lentos. El capitán ha dicho que no estamos teniendo buenos vientos y avanzamos despacio. Son días húmedos y llenos de niebla. Muy calurosos.
Los vestidos, aun siendo de lino, se me pegan al cuerpo como lenguas húmedas. Trato de esconder las manchas oscuras bajo mis axilas; me avergüenza este sudar continuo. Me he acostumbrado a colocarme un pañuelo con unas gotas de perfume al cuello, para disimular los olores del barco… y el mío propio.
Porque huelo. Mi piel está cubierta por una capa de humedad perpetua, salada. Huelo acre, a mar, a piel. ¿Quizá es que este es mi olor? Incluso diría que huelo dulce, como a fruta madura, esa que se pudre en los mercados. A veces, no me disgusta.
Ya no hay marejada, y me mareo menos. Salgo a menudo a cubierta a tomar el aire y a tratar de refrescarme.
La inmensidad del mar no deja de fascinarme, y su aroma a vida, a salitre y a agua, me llena los pulmones con una sensación de libertad que nunca había sentido en los campos áridos y secos de mi Salamanca.
Adelaida no abandona su camarote. Se pasa todo el día mareada y malhumorada. Pobre mujer, pero me hace flaco favor, porque no puede darme el servicio que necesito. Ni siquiera su compañía. Hay otras mujeres en el barco, pero aún no hemos hablado mucho. Siguen todas encerradas en sus camarotes: unas por miedo, otras mareadas y algunas rezando para que los vientos nos sean favorables. Más de un galeón no ha llegado a su destino.
Yo no quiero pensar en eso. Tengo otras cosas en la cabeza.
Como ese hombre que subió en Azores hace dos días.
Sí, también subo a cubierta para verle. Es un marinero rudo y salvaje. Lo escucho gruñir, cantar en portugués, escupir. Habla poco. Desde luego, no conmigo.
Pero es fascinante observarle trabajar: levantar barriles, izar cuerdas… Tiene algo de animal.
Me lo he cruzado en una ocasión, y me golpeó su olor a cuero, a cuerda mojada, a ron, me invadió los sentidos con fuerza repulsiva y a la vez cautivadora.
Me miró a los ojos, sin permiso y sin perdón. Su presencia taladró mi cerebro.
Lleva una mano cubierta por una tela sucia que esconde un brillo metálico debajo. He imaginado un garfio. He imaginado una pelea, un pasado, un secreto peligroso.
Y he imaginado el tacto frío sobre la piel de mi cuello.
¡Ay, Elena! Qué malo es el aburrimiento.
Creo que hay una monja entre el pasaje. Debería pasar más tiempo con ella y menos en cubierta.
Me he despertado con náuseas. Esta noche ha sido movida.
He corrido a cubierta, impulsada por arcadas. He asomado medio cuerpo y he comenzado a vomitar. Me giran las tripas y la cabeza. Mi boca arroja fuera los ascos y la dignidad.
El sabor es ácido, amargo. Me llena y rebosa la boca. Quema.
Me limpio con la manga del camisón. No he tenido tiempo de vestirme.
Viene otra.
Una mano me aparta el cabello y me sujeta. Vomito de nuevo.
Un olor a salitre y tabaco me abraza. Sus ojos oscuros me miran.
—A senhora está bem?
No puedo contestar, porque me nace otra arcada que acaba hundida en el mar.
Los ojos me lloran. Siento la boca sucia.
Desata el pañuelo de su cuello con el garfio —porque es un garfio— y me lo ofrece. Me limpio con él.
Un golpe de mar me empuja hacia él, y mi cuerpo, desnudo bajo el camisón, se espachurra contra el suyo.
Me sujeta para que no caiga.
—A senhora está bem? —repite, en un tono más grave, más bajo.
Su aliento a mar, tabaco y ron golpea mi nariz.
Sin pensar, cierro los ojos y aspiro de nuevo, queriendo atrapar su esencia en un aroma: sudor, cuero viejo, cuerda húmeda, tabaco.
Abro de inmediato los ojos y me separo con brusquedad.
Musito un gracias y huyo a mi camarote. Siento su mirada en mí hasta que desaparezco por la escotilla.
Caigo sobre la cama, húmeda y sudorosa.
Se me han cortado las náuseas por completo, pero se me han abierto las carnes como nunca antes.
Me llevo su pañuelo al rostro y aspiro profundo. Huele sucio como él.
Impacta directamente contra mi bajo vientre. Acelera mi corazón y siento la humedad nacer entre mis piernas.
Me incorporo, asustada. ¿Pero qué haces, Elena?
Lo escondo en el baúl y caigo al suelo de rodillas.
La Biblia entre las manos.
Pasaré la noche rezando.
Al cabo de pocos minutos, un crujido me saca de las oraciones. Unos pasos. Unos golpes suaves sobre la puerta.
No debo. Sé que no debo. Pero, aun así, me levanto y me acerco.
Me quedo unos instantes con la mano a milímetros del pomo, los labios apretados y el corazón desbocado.
Le huelo desde aquí. Es él.
Vuelve a llamar y esta vez, abro.
Me aparto, y entra. Su aroma llena mi camarote. Huele como a vela fundida y a arma. A algo que calienta o mata. A deseo y a pecado.
Repite:
—A senhora está bem?
Afirmo con un leve movimiento de cabeza.
Me aferro la Biblia al pecho, y soy consciente de mi desnudez bajo la tela húmeda. Mis pezones marcados, visibles. La culpa y el anhelo pegados en sudor y lino.
Su mirada caníbal me recorre.
Da un paso hacia mí. El gancho cuelga a su lado, inofensivo, pero presente.
Retrocedo y él avanza. Tiemblo. Pero creo que ya no es miedo.
Me acompaña en ese baile de fieras. Nos olfateamos.
El aire denso entre ambos se vuelve cálido, untuoso.
Me quedo pegada al escritorio, lleno de cartas a mi marido; algunas caen al suelo.
Su mano buena se posa sobre mi hombro. No aprieta. No empuja. Solo está. Se acerca más.
Yo no me muevo. No puedo.
Su cuerpo roza el mío.
—Senhora… —repite otra vez, más bajo, junto a mi oído.
Continúa susurrando, pero no entiendo las palabras, aunque sí el aliento que me acaricia el cuello. Le olfateo: tabaco, sal, cuero mojado. Y algo más. Algo mío que ha quedado en él antes.
La mano del gancho se acerca a mis brazos cruzados. Engancha mi muñeca y la aparta del pecho. Luego la otra y me quita la Biblia. Resoplo.
Me lleva el garfio al rostro. No lo aparto. Me roza con él la cara, la boca y mis labios se abren, no sé si para hablar o para morder.
El garfio desciende por mi cuello, frío, metálico.
Engancha la tela y hace saltar los botones, uno a uno, liberando mis pechos sudados.
Los pezones erectos enloquecen al roce metálico.
Su mano buena apresa un seno y lo aprieta. Lo amasa con rudeza. Gime ronco.
El garfio desgarra de un tirón mi camisola, exponiéndome desnuda a sus ojos.
Me sube de un golpe al mueble y me separa las piernas.
El río incontenible entre ellas chapotea cuando sus dedos se hunden en él.
Gimo, pero calla mi boca con la base del garfio.
Mis manos permanecen quietas. Quizá creyendo que así es menos pecado.
Sus ojos no se apartan de los míos en ningún momento.
Enrolla mi cabellera en un nudo. La engancha al garfio y lo clava contra la pared sobre mi cabeza, inmovilizándome.
La piel áspera de su mano buena me raspa, me recorre entera, me acaricia la cara. Hunde dos dedos en mi boca. Sabe mal: a sucio, a tabaco, a salitre, y a mí.
Pero lamo igualmente.
Su sudor gotea sobre mi cuerpo.
Sus jadeos se deshacen en mi oreja, contenidos pero guturales.
Mi boca se niega a sentir, pero mi cuerpo no obedece. Se abre. Se ofrece.
Y él lo acepta.
Su boca se vuelve jadeos, dientes, lengua.
Es hambre. No son besos.
Su duro miembro busca, rastrea, se frota y, finalmente, encuentra.
Me penetra de un golpe. El barco cruje, gimiendo conmigo.
Siento que pierdo el sentido.
Le abrazo. Suspiro contra su boca. Contra el pecado.
Me muerde el cuello, me agarra de la cintura.
Yo jadeo. Aprieto. Recibo.
Una y otra vez, con el mar quejándose contra el armazón de madera, envidioso.
Un placer desconocido nace de mis entrañas y se irradia por todo mi cuerpo, comienzo a hipar sin saber si lloro o río. Me sacuden espasmos incontrolables.
Su cuerpo me apuntala contra la pared. Vibra. Se estremece. Y se vacía.
Me quedo colgada en su abrazo, sudoroso y animal, con la Biblia caída en el suelo.
Él sigue penetrándome, despacio, horadándome aún, batiendo mis entrañas.
Hunde su nariz en mi cuello. Inhala profundo. No dice nada más pero me aprieta fuerte.
Se separa y se va.
Me quedo de pie, temblando, con su olor pegado a mi piel y nuestros líquidos goteando.
Me vuelvo a la cama tiritando y envuelvo mi cuerpo aun desnudo y tembloroso con las sábanas. Me enrosco como una niña.
Y pienso en mi marido, en mi Felipe, y tengo la certeza de que nunca he sido más infiel a mi misma como cuando he tratado de serle fiel a él.
Y rompo a llorar. Me derramo en un mar salado.
Pero no me lavo. No. No quiero. No quiero aún perder su olor.