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El lado bueno de la Historia

Un relato con narradores

Todo el mundo quiere estar en el lado bueno de la Historia. Con mayúscula, claro. La de los documentales, las estatuas y las pinturas de los museos. Pero la de hoy no es esa. Quiero hablar de otra historia. La mía. La tuya, si aceptas.

Ahora, que conste que no te obligo, podrías cerrar el libro (o la pestaña) de inmediato y evitarte este nuevo enredo que voy a plantear. Pero no lo harás, ¿verdad? Ya estás dentro. Al menos lo justo para saber si estás en el lado buenoo solo pareces estarlo.

Te presento a Héctor. Aún no lo conoces. Crees que es el protagonista. Unos treinta y tres años. Ha sido repartidor, encuestador del CIS, camarero en Inglaterra, filósofo sin terminar la carrera. Todo un historial. Le salva que ha sido lector voraz de distopías, compensadas con artículos de autoayuda disfrazados de rebeldía, vía TikTok o stories. Nadie es perfecto. Hace un tiempo que se sienta todas las tardes, al salir de su último trabajo, en la misma cafetería, con su portátil y un semblante de querer escribir algo importante. Algo que cambie las cosas. Una historia, quizás.

Vemos que hoy, por fin, ha escrito el título: «El lado bueno de la historia».

—Tiene gancho, ¿no? —le pregunta al camarero, que solo asiente porque su contrato fijo-discontinuo no cubre polemizar con los clientes, por muchas ganas que tenga.

Héctor quiere escribir una historia sobre cómo se rebeló contra el sistema. Cómo dejó de entregar paquetes o entrevistar a la ciudadanía según el dictado de los algoritmos y se convirtió en «narrador de su propia vida». No tuvo que caerse de la moto, ni ver una revelación en el cielo. Ni él mismo recuerda cuándo fue esa epifanía escritoril, pero ahí está él. Quiere escribirla mientras la vive. Un héroe lúcido. Un cronista de su propia dignidad. Una vez oyó a Llosa decir que la muerte debe pillarnos vivos. Él está dispuesto a seguir el consejo y registrar su existencia al pie de la letra —o de las letras— mientras intenta sobrevivir de ellas cada tarde.

¿Qué podía fallar? Pues que yo ya estoy escribiendo esa historia, al menor ese episodio, y él no lo sabe.

Hoy, mientras Héctor se debate entre narrar en primera persona o hacerse pasar por testigo imparcial —como hacen muchos grandes autores que, en el fondo, terminan hablando de sí mismos—, entra en la cafetería una mujer. Leire. No olvides su nombre. Puede que al final concluyas que esta historia iba de ella. Tendrá los mismos años que él. Lleva una chaqueta vaquera algo ajada, pasada de moda…, con parches de causas distintas: una ballena, una bandera arcoíris, el principio de una cita atribuida erróneamente a Orwell… Mira al frente con decisión, como quien ha decidido no esperar más permiso para tener razón. Se sienta a dos mesas de él y saca un cuaderno de una vieja mochila. No un portátil: un cuaderno, de los de escribir con pluma, hacer trazos y todo eso.

Él la observa. Se imagina un diálogo, en el que ella dice algo ingenioso, y él responde con un sarcasmo suave, luego ríen y comparten ideas —iba a escribir ideología, pero esta no suele servir mucho para socializar—, se entienden sin hablar demasiado.

De repente, ella lo mira. Una vez. Sin interés aparente. Luego regresa a su escritura. Él decide intervenir:

—¿También escribes? —le ha salido un tono de «Hola, parece que tenemos algo en común», cuyo deje de masculinidad tóxica aún quiere corregir cuando la pregunta ya abandonó sus labios.

Ella lo mira como si le acabaran de ofrecer una ensalada sin aderezo. Cierta dosis de condescendencia amable, si eso existe.

—¿Y tú? —pregunta, como respuesta.

—Estoy escribiendo algo sobre… estar en el lado bueno de la historia. Ya sabes —otra vez el tonillo, qué me pasa hoy, se pregunta.

—¿Qué historia?

—La de ahora. La que vivimos. Todo esto —dice, señalando el mundo como quien señala un desorden ajeno.

—Interesante —dice ella, y sigue escribiendo.

Esa palabra puede significar cualquier cosa. Héctor la toma como un sí. Una invitación. Pero aquí es donde el relato se tuerce. Leire no es un personaje secundario. Tampoco hay un interés romántico. Leire también está escribiendo esta historia. Y sabe lo que hace. A diferencia de Héctor, ella no quiere parecer guay. Quiere tener razón. No por moral, sino por precisión. Sabe que la bondad, en muchas historias, es una ilusión de montaje: basta con cambiar el orden de una escena y el monstruo se transforma en mártir.

Leire escribe sobre un hombre que cree que escribe una historia relevante, mientras va siendo absorbido lentamente por la idea de sí mismo. Su personaje se cree narrador. Podría ser incluso un lector que no sabe que está siendo leído. Y tú estás justo en medio, asistiendo a este lío. Porque cada línea que decides leer define en qué lado estás: si lees creyendo a Héctor, estás en su historia. Si sospechas que Leire tiene más control del que aparenta, quizás estés en la suya.

Y si notas mi voz —esta que no se calla, que se ríe entre acotaciones— tal vez descubras que esta historia es sobre ti. Sí, tú. Que quieres estar en el lado bueno, sin saber cuál es.

Volvamos a la cafetería.

—¿Te importa si leo algo de lo que has escrito? —pregunta Héctor.

Leire entrecierra su cuaderno, ocultando la página en la que estaba ocupada. Lo mira. Sonríe, esta vez sin ironía y le dice:

—¿Tú sabes quién escribe esta historia?

Héctor parpadea. No entiende la pregunta.

—¿Que… quién… la escribe? —casi tartamudea.

—Sí. Esta. La que estás viviendo ahora. ¿La escribes tú o alguien más?

—Bueno… la escribo yo, claro —dice, con firmeza fingida.

Leire asiente, con la misma sonrisa que no ha dejado de mostrar desde antes.

—Entonces recuerda esto —dice, mientras se levanta para irse—: quienes creen que escriben la Historia suelen acabar como advertencia para el futuro, no como ejemplo. Se levanta y se va.

Héctor la sigue con la mirada. Luego mira su pantalla. El título sigue allí, en caracteres de gran tamaño: «El lado bueno de la historia». No ha podido escribir nada más esa tarde.

 

 

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2 comentarios sobre “El lado bueno de la Historia

  1. Ester Píscore dice:

    Qué chulo, me ha gustado mucho el giro!!! 😀

  2. Marga Cánovas García dice:

    Bonsoir y de nuevo gracias Antuán, por estas líneas, una vez más👩🏻‍🎓📗. Para mí, la figura de Leire, muy oportuna en su llegada al Café☕☕, es en realidad: la idea qué tiene Héctor para comenzar a escribir, bastante más que un título! Leire es la propia voz de nuestro incipiente escritor qué cuando acaricia el teclado de su portátil, necesita escribir algo más, que un ejemplo a seguir en la Historia. De nuevo grande, mi tan admirado escritor👩🏻‍🎓📗.

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