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Entonces, se apagó todo

 

Un cuento catastrófico

Primero, la cobertura del móvil. Podíamos vivir un rato sin ella, pensábamos. A los quince minutos sin noticias, sin rayitas en la esquina del smartphone, sin carga, sin red, un cosquilleo de alarma empezó a picar con insistencia desde la boca del estómago.

Todo se había adelantado. Mal momento, nos repetíamos. El búnker del jardín aún a medio diseñar, los sacos de cemento encargados, los ladrillos apilados en un rincón, el contorno apenas dibujado en la tierra, con la ferralla sin recortar. Lo habíamos planteado entre risas nerviosas: menuda chorrada, lo del kit de supervivencia. ¿En serio? Si el mundo iba a desplomarse bajo el peso de su propia estupidez, casi mejor que nos pillara debajo, sin más agonías. Hasta aquí habíamos llegado. Que nos quiten lo bailado. Si sobrevivimos, quizá no quede ni pista de baile. Los chascarrillos más simples se nos escapaban entre los dientes a medida que transcurrían los minutos sin corriente. Dos horas después, fragmentos sonoros desde radios a pilas o los coches abiertos, se confirmaba que el apagón afectaba a varios países: España, Portugal, el sur de Francia… Las risas se fueron apagando también. ¿Era un problema nacional? ¿continental? El apagón se extendía como una mancha de petróleo no renovable en el mar.

—Pilas —decían—, linternas, radios analógicas, agua. Todo sirve. Esto va para largo.

La noche podría ser un abismo. Mejor tener algo con qué afrontarla. Café había, pero la vitrocerámica era ya un mueble muerto, igual que la cafetera de cápsulas. Solo el whisky, el ron o la cerveza aún fresca en algunos bares podrían ofrecernos consuelo. En la calle, algunos cantaban y bailaban, celebrando no tener móviles ni tener que trabajar. Por fin podían hablar cara a cara. Carpe diem.

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Eusebio llevaba horas atrapado en el ascensor del bloque. Las bolsas de la compra esparcidas a su alrededor, el sudor le pegaba la camisa al cuerpo. Gritó, golpeó la puerta, pero sentía que estaba a kilómetros de cualquier ayuda. Un vecino lo oyó y trató de responderle, pero las palabras se diluían en el aire denso y caluroso del hueco, deformadas por la angustia. Resignado, Eusebio se dejó caer contra el suelo a seguir esperando. Hambre no pasaría, ni sed, durante unas horas. No sabía que casi todo el país compartía su colapso.

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En los trenes de cercanías, el humor había pasado de la sorpresa al fastidio. La megafonía estaba muda. Los vagones, parados en mitad de la nada, sin estaciones a la vista. Algunos pasajeros intentaban forzar las puertas a mano, mientras otros discutían tan acalorados como el ambiente enrarecido del vagón. Nadie sabía nada. Nadie podía explicar nada. La información se había vuelto, en ese momento, más cotizada incluso que el agua.

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Atasco monumental en una gran rotonda al sur de la capital. Motores recalentados, claxons a punto de la afonía. Los conductores abandonaban los vehículos, desesperados, alzando los móviles al aire como si pudieran atrapar cobertura levantando las manos. No quedaba ni señal, ni orden, ni dirección. Solo tensión, ruido y un miedo que empezaba a cuajar. Del asfalto brotaba un polvillo gris, como una niebla sucia que no transmitía tranquilidad.

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En la salida noroeste de Madrid, el gabinete de crisis en La Moncloa acogía rostros que combinaban sudor, incredulidad y resignación. Nadie tenía respuestas. Las comunicaciones oficiales se reducían a las emisoras de radio de los cuerpos de seguridad, ambulancias y los últimos radioaficionados que aún mantenían sus equipos con baterías auxiliares, desafiando toda lógica moderna. Antes, esas redes se activaban para terremotos, riadas, incendios. Se coordinaban esfuerzos para evacuaciones, asistencia a heridos, contención de disturbios. Este desastre era distinto: invisible, silencioso, absoluto. No había edificios derrumbados ni ciudades arrasadas. El terror era más profundo: ausencia total. De datos. De voz. De sentido. En esa nada, el miedo se propagaba más rápido que el fuego en un bosque seco.

Los portavoces que aún hablaban por la radio apenas acertaban a repetir: «Estamos trabajando en ello», «Aún no hemos averiguado las causas». Algunos pensaban que, sin redes sociales, los ánimos quizá se calmarían, y los odiadores tendrían menos resonancia. Puede que los votantes, forzados a pensar por sí mismos, supieran mantener el espíritu cívico entrenado por anteriores catástrofes. La consigna era clara: minimizar todo lo relacionado con un posible ciberataque o sabotaje. Sin descartarlo, por supuesto, pero tampoco confirmarlo, pues si fuera el caso, quizá serviría para eludir responsabilidades.

Los medios afines recibieron órdenes tajantes de no emplear palabras como conspiración, guerra híbrida o intrusión. La versión oficial sería: fallo técnico en cadena, sobrecarga, las renovables no son culpables, el Gobierno lo está haciendo bien. Había que evitar el pánico a toda costa, aunque la credibilidad de los líderes se desplomaba tan rápido como la infografía del cero energético, expresión recién acuñada para los profanos y ya omnipresente en los pocos medios que resistían el corte.

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Mientras en el continente se multiplicaban las conjeturas, desde su refugio autosuficiente ubicado en una remota isla frente a las costas gallegas, un hombre seguía el apagón con la calma de quien ha visto venir la tormenta. Artion Najov, exagente del Mossad, reunía las piezas sueltas del puzzle desde el altavoz de una pequeña radio de dinamo que no necesitaba baterías ni enchufes. Todo encajaba demasiado bien para ser un accidente. Recordaba una advertencia que había oído muchos años antes, cuando el mundo aún funcionaba con aparente normalidad: «En el futuro, las guerras se lucharán sin balas». Sobre su tableta, con batería de bajo consumo y larga duración, Najov trazaba líneas invisibles en un mapa mental. El patrón se revelaba. Aquello no era una caída fortuita, ni una sobrecarga casual. Tampoco un error humano. Era una acción. Precisa. Calculada. Una venganza quirúrgica.

Años atrás, antes de discrepar de ciertos altos mandos, Najov había participado en el diseño preliminar del proyecto Golem, un sistema cibernético bautizado por la figura mítica creada para proteger, pero capaz de volverse incontrolable. Había pasado más de una década esperando ver su activación. No era un ensayo cualquiera: era el primer acto real del arma más temida por los planificadores de inteligencia. Pensando como lo harían sus antiguos jefes, Najov dedujo que el objetivo elegido estaba siendo castigado por sus deslealtades. Por romper contratos, por flirtear con potencias rivales, por traicionar alianzas tácitas. Pero incluso él dudaba. ¿Era esto una represalia o el aviso de algo mucho mayor?

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Doce horas después del apagón, la situación empezaba a estabilizarse. En algunas zonas, la cobertura móvil y la luz regresaban, primero a trompicones, luego de forma más continua. Las redes sociales hervían de teorías, bulos, hipótesis delirantes. El Gobierno reapareció para anunciar, con gesto solemne, que «el sistema había resistido», que «los fallos no volverían a producirse», y que «la ciudadanía se había comportado de forma ejemplar». Faltó poco para que pidieran el agradecimiento generalizado por su gestión. Solo hubo media docena de víctimas mortales, subrayaban. ¿Solo?

Artion, mientras tanto, continuaba su evaluación. Abrió un canal seguro, enlazado con servidores en Oriente Próximo. Buscaba una única confirmación: el fragmento de código que activaba el protocolo Golem One. Y allí estaba. En las ondas. Encriptado, apenas perceptible, pero inconfundible para quienes sabían cómo leerlo. El apagón había rozado el abismo. Y los que conocían la verdad no pensaban ayudar. Esta vez, la guerra era contra el vacío.

Las cicatrices del apagón permanecerían mucho más tiempo del que las autoridades estaban dispuestas a admitir. Días después, los mercados fluctuaban con nerviosismo, los informes de ciberseguridad se filtraban a cuentagotas, y cada pequeño fallo en Internet o de la luz despertaba un reflejo condicionado de alarma. Los mensajes oficiales insistían: «Todo está controlado», «Concatenación de problemas técnicos». Pero en los despachos más altos, se elaboraban y revisaban los planes de contingencia. Nadie confiaba ya en que el sistema pudiera resistir otra embestida.

Desde su retiro atlántico, Najov cerró por última vez su cuaderno de notas ultraplano. La conexión segura le había confirmado lo que temía: Golem One no fue una prueba. Fue una advertencia. El siguiente ataque, cuando llegase, no duraría horas. Sería permanente.

Observando el océano bajo un cielo encapotado —panza de burro, como dicen en España—, Artion ya estaba convencido: el enemigo había cambiado para siempre. No llegaría con botas ni tanques ni banderas. Llegaría como un silencio en expansión. Un vacío de recursos que devoraría las certezas.

Ese día, no quedará nadie para apagar la última alarma.

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Un comentario sobre “Entonces, se apagó todo

  1. Marga Cánovas García dice:

    Desconocía su faceta de reportero de guerra, mi admirado escritor!, SÍ, lo vivido a lo largo de las horas sin conexión – casi en su totalidad📻 -, fue el resultado de un maquiavélico ensayo general🧐. A partir de ahora y al finalizar cada día, habremos de subir a la nube, toda la experiencia adquirida en esa jornada a la qué habremos de sumar: caricias, risas, colores, sabores y olores. Quizás, en un tiempo no muy lejos de ahora, una próxima generación pueda comprobar, al entrar en lo que antaño, era nuestro hogar🏡y a la vista de nuestros recuerdos felices, enmarcados en diferentes fotografías, que nuestro paso por la Tierra 🌎, les ayudará para adquirir, nuevos conocimientos. Mientras tanto, voy a la nevera para coger una botella – bien fría – de mi cava favorito🥂.

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