Azogue

Relato sin descripciones

Antuán

Esta historia tendrá trescientas palabras, la leerás en tres minutos y acabará mal, muy mal.

Pero eso no lo sabe el autor que la protagoniza, pues se ha metido de lleno en ella y le faltan datos. Algunas pistas le dicen que es mejor centrarse en la atmósfera del lugar que tratar de describir lo que está en el centro. Le volverá a pasar pocas páginas después, intuye, pero ahora hay que superar el obstáculo. Debe mostrarlo, mejor que contarlo. No hacerlo bien le hará quedar como un mediocre, sin recursos. A estas alturas de su carrera, la crítica lo destriparía sin piedad, por comparación con su brillante obra anterior.

Pero le siguen faltando palabras. Es víctima de su arrogancia, y no quiere pedir ayuda. Ese salón antiguo, lleno de muebles cubiertos de sábanas, cuadros protegidos para retrasar el efecto del tiempo en sus colores, puertas, adornos, que fueron el escenario del crimen más oscuro que se recordaba en la comarca.

Todo ello es digno de una descripción, pero no sería original, y eso sí lo sabe el autor, que se imagina a la condesa de antaño, moviéndose altiva entre los selectos invitados, con el dominio que le dan su posición y su influencia. ¿Ha probado ya el oporto que acaba de regalarme el rey de Portugal, marqués? ¿unos canapés, doña Leonor? ¡qué ganas de mostrar sin contar cómo eran los trajes y las actitudes de los presentes! ¡pero no puede!

En el rincón opuesto a la chimenea descubre un gran espejo vertical que ha perdido el velo protector. Quizás no lo ha llevado nunca. Ahora es testigo infalible de todos los hechos. Ahí está la clave.

El narrador ve su reflejo en él, y se siente superado porque jamás podrá hacerlo mejor. Arroja su pluma para buscar otro trabajo.