
Mila empujó la puerta de la librería con desgana. El tintineo del viejo cascabel de la entrada rompió el silencio del lugar, pero el librero ni se inmutó. Estaba acostumbrado a todo tipo de clientela distraída, personas que entraban sin buscar nada en particular y casi siempre se llevaban algún libro que ni sabían que necesitaban. «Es lo bueno de este negocio», se repetía, encantado.
Ella formaba parte de esa clientela, y esa mañana tampoco tenía intención de comprar nada. Es más, llevaba un tiempo afrontando el desafío de no añadir más obras a sus estanterías mientras no rematara el primer manuscrito que ya se retrasaba demasiados meses. Como escritora, el hechizo que irradiaba un refugio de las letras como aquel era superior a sus fuerzas. «Solo un ratito, para despejarme», se decía y, como hubiera ocurrido otras muchas veces, se dejaba seducir indefensa por el olor a papel envejecido y el eco silencioso de las miles de historias que allí descansaban.
Pronto estaba curioseando entre los estantes sin prestar atención a lo que veía. Le bastaba la sensación del contacto de los dedos sobre los cantos sin detenerse en ninguno concreto… hasta que llegó al que daría sentido a este breve relato.
Al final de una hilera de volúmenes muy similares en forma y tamaño, quizás de una colección o una antología, uno captó su atención. Era algo más alto, y de aspecto muy degradado. Tenía tanto polvo acumulado como sus compañeros de anaquel, pero no cabía duda de que era más antiguo. Lo sacó ligeramente de su nicho para leer mejor el título en el lomo: «Soledad», de Víctor Català.
Lo terminó de extraer con extremo cuidado, pues el desgaste de las tapas hacía presagiar que pudieran desmoronarse. Confirmó que aún aguantaban, y lo apoyó en la balda inferior para hojearlo con más detalle. Lo abrió por una página al azar y, entonces, lo vio. No podía creérselo, como si el volumen supiera quién lo estaba curioseando, una anotación escrita a lápiz en el margen decía:
El talento nunca se pide permiso para existir
Mila alzó la cabeza por si alguien hubiera visto la cara de pasmo que se le puso durante un instante. El librero seguía a lo suyo en su sitio. Pasó varias páginas más sin mirarlas mientras reflexionaba sobre el significado de esa frase tan especial. Claramente, era una llamada a la autoestima, a la seguridad en una misma. Justo lo que le faltaba en esa misma mañana y el resto de los días de los últimos meses de bloqueo.
Cuando volvió a mirar, sus ojos se pararon en una frase subrayada y, justo al lado, otra anotación, con la misma letra inclinada y firme:
No escribas para agradar. Escribe porque el mundo te necesita
Sintió un escalofrío. Sus propios pensamientos, sus dudas y miedos más íntimos, estaban ahí, respondidos en el margen de una novela publicada más de un siglo atrás y comentado no mucho después.
Se giró instintivamente hacia el mostrador y preguntó, alzando la voz:
—Disculpe, ¿sabe quién hizo estas anotaciones?
El hombre levantó la vista con una sonrisa enigmática.
—Es una edición muy especial de Caterina Albert, una autora que no firmaba con su nombre porque estaba mal visto —respondió, apoyando los codos en el mostrador—. Ha pasado por muchos dueños, y lo curioso es que nadie sabe a ciencia cierta quién escribió esas notas.
Mila agachó la cabeza hacia el libro, pensativa. La idea de que alguien, quizá décadas atrás, hubiese sentido las mismas inseguridades que ella y las hubiese plasmado ahí le resultaba inquietante, pero también reconfortante. Se dirigió a una mesa que había al fondo del establecimiento y se sentó. No podía irse sin leer un poco más. Enseguida descubrió que las páginas estaban llenas de frases subrayadas, marcas, pequeños comentarios en los márgenes. Algunas eran preguntas, como si quien las escribió estuviera dialogando con la historia, otras eran afirmaciones tajantes.
El miedo es el primer obstáculo. No lo dejes crecer
Respiró hondo y cerró los ojos durante un instante mínimo ¡el miedo! Como el suyo, que se disfrazaba de excusas. Que si su novela no era suficientemente buena, que si no tenía un nombre conocido, que si nadie esperaría una historia potente de una escritora de tres al cuarto como ella.
Entonces se acordó de quién era la autora, y todo empezó a encajar. ¿Sería el mismo miedo que vivió Caterina Albert? ¿No tuvo que esconderse detrás del nombre de Víctor Català para ser leída?
Giró otra página.
No dejes que te silencien
Estas palabras la atravesaron. Se imaginó a Caterina en su escritorio, debatiéndose entre lo que quería escribir y lo que le permitirían publicar. Visualizó su rabia contenida, su empeño en no renunciar a su voz; sin embargo, ahí estaba su obra, resistiendo el paso del tiempo, ¿hablándole a ella?
El librero se acercó con calma.
—No quiero presionarte, pero si decides llevártelo, hazlo antes de que cambie otra vez de manos —dijo con una media sonrisa—. Ese libro siempre encuentra a quien lo necesita.
Mila miró el precio, que en ese momento le pareció un dato irrelevante. Cerró el tomo con cuidado, lo sostuvo contra su pecho y asintió.
Abandonó la librería con una extraña sensación de alivio. No era solo un libro lo que se llevaba. Era un mensaje a través del tiempo, una conversación con una escritora que había luchado para hacerse leer.
Ahora sabía lo que tenía que hacer.
(Este relato participó en el Premio Internacional de Narrativa Breve ‘Mar Busquets’ 2025, cuyo lema era la promoción de historias “con nombre de mujer”. El relato debía incluir la reivindicación de un personaje femenino histórico, preferiblemente del mundo cultural o literario mediterráneo.)
Un comentario sobre “Notas al margen”
Bonjour mi tan admirado escritor 😊📗🦋 ojalá y cada vez que visitemos una librería, al salir, un ejemplar, de la mano, camine a nuestro lado por la senda del éxito👩🏻🎓📗. Enhorabuena una vez más🍸🍸🧡🧡🧡.