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El cómic: esa lectura «menor» que no deja de humillar a cierta intelectualidad

Hace unos días, mientras disfrutaba sumergido entre las páginas de un tomo de El Incal Negro, en una cafetería de mi barrio, un señoro de ceja abundante y arrugada, café y porras en equilibrio admirable, con un periódico axilar listo para el consumo —aún se lee en papel—, me soltó sin más: «¿Y eso? ¿Te estás leyendo un tebeo?». El tono era el de alguien que hubiera pillado a un adulto comiendo galletas con forma de dinosaurio. Le respondí con un simple «sí», sin levantar la vista, pero reconozco que por dentro algo se me revolvió. Otra vez. La eterna cantinela de si el cómic es cosa de críos, que si es entretenimiento ligero, que si no cuenta como lectura «de la buena». Por suerte, cuesta mucho sacarme un mal gesto, y menos en este terreno de los gustos literarios de cada cual.

Podría llegar a entenderlo. Yo mismo pasé una época convencido de que leer cómics era solo una etapa, un peldaño que tarde o temprano había que abandonar. Primero Spiderman, luego los Siete Secretos, y al final, como quien cumple con un rito, Cela o quien toque. Pero nunca encontré esa frontera que supuestamente separaba una cosa de la otra. No dejé atrás los cómics, ni me di cuenta de cuándo había entrado —hasta el cuello— en lo otro. ¿Fallo de sistema? A veces me lo pregunto: «¿Y si tenían razón? ¿Y si el cómic es solo una forma menor de contar historias?». Entonces levanto la vista de la pantalla, miro hacia la estantería del despacho y veo, sin moverme, el lomo de Maus, la fuerza intacta de Persépolis, El Garaje Hermético, Bone… Y sé que no. Que no se pueden leer esas obras maestras y salir incólume de la experiencia.

A veces me asombra lo que puede concentrarse en una sola viñeta. No hablo solo de un dibujo bonito o de una frase bien redactada dentro del bocadillo. El cómic combina técnicas narrativas que vienen del cine, del ritmo visual, de los encuadres, de los silencios entre escenas. Suma la precisión de una trama literaria, el trazo expresivo del dibujo, la atmósfera de una pintura, e incluso elementos de arquitectura, teatro o filosofía según quién firme la obra. No es solo contar una historia: es decidir cómo y desde dónde se cuenta. Por eso un cómic puede impresionarte por todos los frentes. Porque no te habla con una sola voz, sino con varias a la vez. Y cuando están bien afinadas, el resultado te ensarta.

El cómic consigue algo que muchas novelas no logran: contar lo complejo sin volverse denso. Ser accesible sin caer en lo superficial. Sé que no estoy solo si afirmo que el género no es solo para niños. De hecho, atrapar a un niño hoy —con el enorme torbellino de estímulos electrónicos— ya es en sí una remarcable proeza.

«El problema —afirmaba una profesora de literatura que tuve— es que los tebeos no exigen tanto esfuerzo como una novela. No desarrollan el músculo lector». Me quedé mirándola un momento y le solté: «Entonces, ¿los libros con capítulos cortos también son menos válidos? ¿O los que no usan frases subordinadas?». No esperaba respuesta, claro. Solo me encogí de hombros y añadí: «A veces el músculo que hay que ejercitar es otro: el de mirar sin prejuicios».

Un amigo, de esos que solo leen ensayo histórico o novela negra nórdica con detectives alcohólicos y traumas del pasado, me soltó hace poco: «A mí me gusta leer. Con el cómic siento que no leo de verdad». Le dije: «Entonces no has leído Berlín, Hierba, La balada del mar salado, o Arrugas. Lo que te falta es un buen empujón. No es que no te gusten los cómics, es que no has dado con el tuyo todavía».

Sin embargo, ahí está: la industria factura millones, emplea a muchos miles de personas, gana premios, viaja por el mundo, consigue espacio en museos y en festivales internacionales, inspira películas. ¿De verdad eso lo consigue algo considerado «solo para críos»? Porque ahí están los datos, los premios, las películas, los museos… Estamos ante algo que, pese al prejuicio, lleva décadas demostrando que es otra forma —legítima, bella, compleja— de narrar.

A veces me imagino un futuro en el que alguien se encuentra en un desván un cómic viejo, subrayado y con las esquinas sobadas, y piensa: «Esto marcó a alguien». Porque sí, las viñetas también dejan huella, mezcla de texto e imagen, de pausa y de ritmo, de lectura y contemplación. A veces me da por pensar que la resistencia al cómic no tiene tanto que ver con el medio, sino con el miedo a sentir que algo tan directo, tan visual, te afecta igual que una novela de quinientas páginas. Como si admitirlo fuera traicionar esa idea rígida de cultura con la que algunos todavía miden el valor de una lectura.

Mientras haya quienes se emocionen con un solo trazo, mientras alguien se quede pensando en el silencio entre dos viñetas, mientras una historia gráfica le cambie el día —o la vida— a alguien, el cómic seguirá ahí. Haciendo lo suyo. Sin necesidad de pedir permiso. Por mi parte, yo ya no me justifico. Cuando me preguntan qué leo, contesto lo que de verdad me apetece decir:

—Historias. Algunas vienen con dibujos. Y son brutales.

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