Relato con datos precisos y conciencia fracturada
Hace tres semanas, fui destinado al puesto de observación en Be’eri, unos pocos kilómetros al este de la Franja. Por mi formación, me asignaron la misión de leer mapas, recibir coordenadas, y confirmar blancos para los drones. Todo muy limpio desde la pantalla. Todo muy rápido.
Soy Yonatan, teniente segundo, unidad 933 de las IDF, las Fuerzas de Defensa Israelíes. Nací en Haifa, estudié en una escuela religiosa, hice mi Bar Mitzvá en el Muro. Crecí con la certeza de que defender el territorio de nuestra nación era también defender algo más grande: justicia, valores, la vida. Ahora no estoy tan seguro.
Anoche, a las 20:26, nos llegó un paquete de coordenadas. Un grupo de casas en Rafah. «Posible presencia de túneles. Alta prioridad». Confirmé con el oficial de inteligencia. Me dio la misma frase que repiten todos: «Sin civiles registrados». Pero vi los datos. Había señales de telefonía móvil activa. Cinco llamadas salientes en los últimos diez minutos. Familias llamando a otras. Gente corriendo.
Yo lo sabía. Sabía lo que era.
—¿Abortamos? —consulté.
—Negativo —me respondieron.
A las 20:29, activamos el protocolo de aviso. Llamamos a un número que figuraba como contacto local. Un hombre contestó. Le dije, palabra por palabra, en árabe, lo que debía decir:
«Su casa y las de sus vecinos serán impactadas en los próximos diez minutos. Evacúen la zona.»
No preguntó por qué. No suplicó. Solo colgó.
Miré la pantalla de la cámara integrada en el dron. No vi misiles. Vi a una mujer cargando a un niño. Vi a dos adolescentes levantando a una anciana. Vi miedo. Luego, ruido seco. Explosión. Una casa quedó en pie. El resto, no.
Durante el informe posterior al ataque, uno de los sargentos comentó que había sido un buen golpe. «Redujimos capacidad hostil». Nadie mencionó a las diez familias.
Esa noche no dormí. Al amanecer, me anudé las correas de cuero negro del tefilín, apretándolas en el brazo y la frente como me enseñaron de niño, con los versículos de la Torá pegados a la piel. Recité las oraciones, pero las palabras me sabían a ceniza. ¿Dónde estaba la tzedek que debía guiar nuestros actos? ¿Dónde quedaba el pikuach nefesh, la vida por encima de toda ley?
Fui a hablar con mi comandante. Le dije que necesitaba ser trasladado. Que no quería seguir participando. Me miró como si hubiera pedido vacaciones en medio de un incendio.
—¿Sabes lo que hacen ellos? —me dijo—. ¿Sabes lo que les enseñan a sus hijos?
Le dije que no me importaba lo que hacen ellos. Me importa lo que hacemos nosotros. Porque si perdemos eso, ¿qué nos queda? No me aprobaron el traslado.
Empecé a guardar todo en una carpeta cifrada en la nube. Cada calle que bombardeamos, cada minuto exacto, cada indicio de vida antes del impacto: una luz encendida, una voz en una llamada, una oración captada por el micrófono. Las alertas que ignoramos, los gritos de fondo, los llantos que se colaban en las grabaciones. Al principio me dije que era una forma de protegerme, por si un día alguien me pedía explicaciones, por si un tribunal quería saber qué pasó de verdad. Pero con el tiempo entendí que no era solo por eso. Lo hacía porque no podía soportar la idea de que todo esto desapareciera, como si nunca hubiera ocurrido. Porque si algún día el mundo decide olvidar, yo quiero estar seguro de que algo queda. Un rastro, una memoria. Algo que diga: esto fue real. Alguien estuvo allí. Alguien lo vio todo.
Poco después, me llegó una imagen en redes. Una mujer frente a un horno de barro, sirviendo pan a unos niños cubiertos de polvo. Decía que su esposo murió buscando medicinas. Que su panadería fue atacada, pero volvió. «No es solo pan», decían los subtítulos, «es señal de que seguimos vivos».
Yo había autorizado ese ataque. No directamente. No apreté el botón. Solo confirmé las coordenadas. Pero eso basta. Porque sabía. Sabía que ahí había gente, no solo objetivos. Sabía que la vida no es una estadística ni una firma térmica. No se lo conté a nadie. Ni a mis padres, que aún creen que estoy «protegiendo la democracia». Ni a mis compañeros, que lo resolverían con un «no hay elección». Ni siquiera a mí mismo en voz alta. Pero esa noche, no dormí en la litera. Me quedé en la sala de monitores. Vi pasar las imágenes de las siguientes misiones. Cada vez que aparecía una silueta corriendo entre escombros, me preguntaba si también sonreiría mientras sirve pan.
Hace unas horas, me tocó firmar otra autorización. Otro conjunto de casas, otro «blanco con potencial». Antes de hacerlo, apagué la pantalla. Cerré los ojos. Me quedé así un minuto. En silencio. Pensando en el horno de barro. En los niños con las manos tendidas. En si todavía estarán vivos.
Después firmé.
Cada vez que lo hago, me pregunto cuánto me queda antes de romperme del todo. Si algún día tengo un hijo, no sé si podré sostenerle la mirada sin sentir que traicioné algo más profundo que un uniforme. Nadie me advirtió de que algunas órdenes no solo destruyen casas. También arrasan por dentro.
Esa es mi guerra real. Una que no sale en los noticiarios ni está en las redes. La que se libra en silencio cómplice, cada vez que decides seguir.
Relato inspirado en uno de los múltiples llamamientos de ayuda lanzados por UNRWA, que llegó a mi buzón el 22 de mayo de 2025.
2 comentarios sobre “Las coordenadas de Yahveh”
Bonjour, una crónica de guerra en tiempo real🌍😕imagino el día a día de Yonatan: su identidad, su educación y su alma, qué se deshace a pedazos a favor del «enemigo», al que sus superiores en el ejército, le mandan aniquilar sin mediar opción alguna!. Estoy segura qué sus palabras con sabor a cenizas, serían de agradecer, para mantener el horno de pan, trabajando a jornada completa!. A veces pienso que la Riviera gazati, no tardará en mostrarnos sus resorts, en los folletos de las agencias de viajes😕. Magnífico, como es habitual en usted, mi tan admirado escritor😎.
¡Gracias por tu amable comentario! 😉