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¿Puedes destrozar un cuento en doce intentos?

Pensando en alguien que se creía cuentista hasta que leyó despacio lo que dijo el gran Andrés Neuman

La primera vez, lo leí con la misma mezcla de curiosidad y escepticismo con la que uno se acerca a las instrucciones de montaje de un mueble: El Dodecálogo de un cuentista, de Andrés Neuman. Doce principios, lacónicos pero categóricos, con un tono de verdad revelada que da entre respeto y rabia.

El primero es rotundo: Contar un cuento es saber guardar un secreto. Muy bien. Entonces supongo que no cuentan todos esos cuentos en los que el final se huele a la tercera línea. Tal cual. Lo llamativo es que muchos terminan con tanto misterio que se diría que sus autores se olvidaron del secreto que escondían.

Este es raro, y va de cronología: Los cuentos suceden siempre ahora. Nada de recuerdos, nada de infancia con olor a pan tostado, jabón de la abuela, leña del hogar; nada de flashbacks melancólicos. Todo actual. Si tenías pensado situar la historia en 1974, más te vale que huela a siglo veintiuno, o llamarte Chéjov, y ya está complicado, y lo sabes. También puedes intentar que parezca que el pasado aún no se ha enterado de su edad.

Y llega el punto tres: El exceso de acción asfixia al cuento. ¡Uff!, un alivio para los que no tenemos vocación de guionista de plataformas. Fuera persecuciones, clímax estruendosos y personajes que van de aquí para allá sin saber muy bien por qué. Demos la bienvenida a la quietud. La sutilísima tensión de quien piensa sin mover una ceja.

Con el siguiente consejo, Nauman plantea un drama existencial, con eso de que En las primeras líneas un cuento se juega la vida. Y tanto. Uno arranca y ya está con el miedo de haberse cargado al cuento en el primer párrafo. Y aunque consigas que sobreviva hasta el final, tampoco puedes fiarte, pues en la última línea te toca resucitarlo. Esto no es escritura, es reanimación cardioliteral.

El quinto me gusta mucho, reza así: Los personajes no se presentan: simplemente actúan. Borremos lo de «Pedro era un hombre solitario». Si Pedro no hace cosas de solitario, no es solitario. Fácil de entender, difícil de aplicar, sobre todo cuando el personaje insiste en quedarse quieto mirando por la ventana, sin más.

Estamos en el ecuador, el sexto, con tintes poéticos, La atmósfera puede ser lo más memorable. Esto explicaría muchos de esos cuentos donde no ocurre gran cosa, pero todo está tan cargado de humedad, polvo o ruido de fondo que parece que va a pasar algo en cualquier momento. Spoiler: no pasa. Consejo: empieza de nuevo, o trata de superar los seis puntos que faltan.

El lirismo contenido produce magia. Precioso. Entonces hay que escribir bonito, pero no demasiado. Que se note sensibilidad, pero sin ponerse intensitos. Como si uno tuviera que parecer romántico sin rallar en lo cursi. Escribir con el freno de mano a medio recorrido.

Otro más, y creo que va por el octavo: El narrador no debe notarse. ¿Cuál de ellos, el omnisciente, el equisciente, el protagonista, el testigo, el que habla en segunda persona? Bueno, ya nos entendemos, la idea es que el narrador debe estar presente como el camarero ideal: eficiente, invisible y sin hacer preguntas. Nada de florituras, ni de guiños al lector. Nada de «mira qué listo soy». Aunque lo seas, shut up, my friend!

Frase corta. Corregir: reducir. ¡Qué buen tatuaje en la frente de medio taller de escritura creativa! Porque, a ver, todos creemos que escribimos frases maravillosas… hasta que alguien las lee en voz alta y le da una hipoxia. Menos mal que el oído no puede ahogarse.

El talento es el ritmo. ¡Pedazo de frase, para enmarcarla! Y, a la vez, para estrellarla contra la pared cuando no consigues que tu cuento suene a nada. Es verdad que cuando el ritmo falla, el lector lo nota. Aunque no sepa por qué, se cae del texto, pisa mal en una escalera.

En el penúltimo, don Andrés se ha puesto muy divino o quizás filosófico, con eso de que Un minuto puede ser eterno, y la eternidad caber en un minuto. Suena chulísimo hasta que intentas aplicarlo y descubres que ni lo uno ni lo otro. Que lo único que cabe en tu minuto es una taza de café frío y una sensación de fracaso.

Terminando, que es gerundio, con Terminar un cuento es saber callar a tiempo. Qué gran verdad. Y qué difícil. Porque uno siempre quiere cerrar con fuerza, con brillantez. Pero a veces lo mejor es irse de puntillas, dejando una sombra. O una duda.

Total, que el dodecálogo no es un manual para escribir cuentos. Es más bien una lista de advertencias: aquí es donde puedes meter la pata. Uno lo lee con admiración y un poco de rencor, como quien escucha a alguien que sabe mucho pero no piensa darte todas las claves. ¿Sirve? Mucho. ¿Ayuda a escribir mejor? Sin ninguna duda. ¿Hace que te entren ganas de dejarlo todo y dedicarte a otra cosa? Casi siempre. Pero luego abres el archivo otra vez. Borras, corriges, reduces, terminas… y sigues. Si te esmeras, no matas al cuento en la primera línea.

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Un comentario sobre “¿Puedes destrozar un cuento en doce intentos?

  1. Marga Canovas García dice:

    Bonjour😊👩🏻‍🎓📗no sabía de A. Neuman, pero me ha encantado asistir a su clase de Escritura, mi tan admirado escritor!

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