
El sol matutino trepaba entre los riscos de La Pedriza y dejaba reflejos plateados sobre las moles de granito que rodeaban a los tres excursionistas. La senda, sinuosa, se abría paso entre jaras y enebros, con tramos de tierra firme y superficies de piedra pulidas por el paso incesante de los montañeros durante muchas décadas. Sobre ellos, la silueta de un águila real cruzaba el cielo en un vuelo solitario, recortada contra el azul profundo.
Daniel avanzaba con el cuerpo tenso, atento al crujido de la tierra bajo sus botas, como si ese sonido pudiera distraerlo del silencio igual de tirante que lo separaba de Hugo. Lucía, la hermana de Hugo, caminaba unos pasos por delante. Avanzaba con ligereza, fingiendo desinterés. Pero Daniel sabía que no se le escapaba nada. Desde que salieron de Madrid hasta que dejaron el coche en el aparcamiento de Cantocochino, había observado cada gesto entre ellos.
–¿Qué os pasa? –preguntó sin volverse. Alargó las tres palabras con el hastío de una maestra que pregunta a su clase por enésima vez.
Hugo no respondió. Siguió caminando con la frente arrugada, apretando la boca en esa línea que Daniel conocía demasiado bien. Una respuesta sin palabras.
–Nada –respondió al fin, con un tono que sugería precisamente lo contrario.
Lucía se detuvo de golpe, y se giró con las manos en las caderas. Detrás de ella, la Sierra de Guadarrama se extendía en capas de marrón, verde y gris, con algunas cumbres aún jalonadas de nieve a lo lejos.
–No me jodáis –soltó–. No he venido hasta aquí para aguantar otra de vuestras peleas mudas.
El rostro de Daniel reflejaba su malestar contenido. No le gustaba que Lucía interviniera, pero tampoco quería que pensara que era una discusión trivial. Porque no lo era.
–¿Quieres saber qué pasa, Lucía? –espetó, clavando los ojos en Hugo–. Que al parecer a algunos les jode que los demás sigan adelante con su vida.
El semblante de Hugo cambió. Apretó la mandíbula y, al hablar, su voz cortó el aire con un filo inesperado.
–¿Seguir adelante? ¿Eso es lo que crees?
–Si no es eso, ¿qué es? Porque desde que te conté lo de Álex, apenas me hablas.
Lucía soltó un suspiro teatral y miró al cielo, como buscando paciencia entre las nubes.
–Os lo juro, sois insoportables.
Hugo se pasó una mano por la nuca, y desvió la mirada hacia un grupo de peñascos que parecían colmillos de piedra asomando entre los arbustos. Cuando volvió a hablar, su voz cargaba algo que Daniel no supo descifrar bien.
–¿Sabes qué es lo jodido? –dijo sin girarse–. Que me tuve que enterar por mi hermana.
Daniel parpadeó.
–Yo…
–¿Tienes idea de cómo me sentí? –continuó Hugo, ahora sí, mirándolo–. De repente un día me entero de que llevas semanas con alguien y ni siquiera tuviste los cojones de decírmelo.
Lucía, que había estado observándolos con la impaciencia de quien ya se sabe el final de la película, tiró la mochila al suelo y luego se dejó caer ella misma sobre una roca.
–Ya está bien. No pienso moverme de aquí hasta que lo arregléis.
–Lucía… –intentó protestar su hermano.
–No hay peros. Me siento, me como un bocata y espero.
Daniel sintió una punzada de irritación, pero al mirarla supo que iba en serio.
Hugo chasqueó la lengua y pateó una piedra antes de hablar.
–No es solo que no me lo contaras, Daniel. Es que todo este tiempo pensé que… –Resopló y agitó la cabeza–. Da igual.
Pero no daba igual.
Daniel lo sabía, y lo sabía porque él mismo llevaba años evitando esa conversación. Porque él también había sentido lo que había entre ellos, un sentimiento que nunca se había atrevido a exponer.
–Pensaste que si alguien tenía que salir conmigo, solo podías ser tú –murmuró.
El silencio que se produjo pesaba más que las rocas que los rodeaban. Lucía se agitó y murmuró, poniendo los ojos en blanco:
–Por fin.
Hugo lo miró. Por primera vez en días, en meses, aflojó su rabia contenida.
–Siempre estuvimos juntos –dijo, en voz baja–. Siempre. Pero ahora siento que yo me quedé en el mismo sitio y tú te fuiste sin mirar atrás.
Daniel bebió de su cantimplora. La boca seca. Un nudo en la garganta. Un cuervo graznó a lo lejos, y el viento trajo el aroma a pino y roca caliente. Desde su posición, el valle se extendía ante ellos. Las sendas culebreaban entre los riscos, y los minúsculos cursos de agua del deshielo iniciaban su largo recorrido hacia el sur.
–No me fui sin mirar atrás –dijo al fin–, ocurrió porque no sabía si me ibas a seguir.
Los ojos de Hugo se oscurecieron y replicó:
–Si me lo hubieras pedido, lo habría hecho.
Daniel alzó la vista. En lo alto, la bandada de estorninos dibujaba formas cambiantes, un reflejo exacto del torbellino en su interior.
Lucía chasqueó los dedos.
–Vale, genial. Ya hemos llegado al punto clave del conflicto. Ahora, la pregunta del millón: ¿qué vais a hacer, parejita mal avenida?
Ninguno respondió.
El Yelmo se perfilaba en la distancia, un enorme domo bañado por la luz tempranera, perfecta para caminar. Aún quedaba un largo tramo por delante, pero ahora, lo esencial no era el camino, sino decidir cómo querían recorrerlo.
Hugo fue el primero en moverse.
—Venga, sigamos subiendo.
Daniel lo observó.
Hugo le sostuvo la mirada; no sonrió, pero su expresión había cambiado.
Lucía se levantó con un suspiro y las manos alzadas en un gesto de fastidio.
—Bueno, algo es algo -dijo. Se echó la mochila al hombro y los tres retomaron la marcha.
El sendero era el mismo, pero ahora avanzaban en la misma dirección.
Este relato participó en el IX CERTAMEN DE NARRATIVA DEL PARQUE NACIONAL DE LA SIERRA DE GUADARRAMA, celebrado en marzo de 2025, con esta finalidad: «promover e impulsar el mejor y mayor conocimiento de la riqueza natural, cultural y humana que encierra este espacio natural».