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Escribo, luego insisto

¿A escribir se aprende escribiendo?

Nota del autor: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o una excusa manoseada de toda la vida. Los escritores mentimos todo el tiempo: a veces disfrazamos la verdad, otras nos desnuda la ficción. Decide tú en qué lado está lo que viene a continuación.

Cuando me pongo a escribir, oigo una voz que se ríe de mí. No es una carcajada, es más bien una de esas risitas internas, como la de un viejo profesor que hubiera leído tu cuento en voz baja, luego cerrase el cuaderno y te dijera: «¿Seguro que esto es lo tuyo?» Esa voz vive en mi cabeza desde hace años. Imagino que es mía, o de mi hermano mayor, que escribía mejor. O del mentor de un taller literario donde comentaron que «mi estilo no acababa de encontrar su rumbo». O de mí mismo, que los creí.

A veces pienso que intento ser escritor como un niño que se pone el disfraz de su superhéroe favorito. Me visto con palabras ajenas, me calzo metáforas que me vienen grandes, camino entre tramas prestadas. Busco mi voz como quien rebusca en un cajón desordenado: esperando encontrar algo que me pertenezca sin saber exactamente qué estoy buscando.

He leído consejos. Todos los consejos. Los de Hemingway, los de Murakami, los de gentes con cuentas de Instagram o Tiktok que no han publicado ni un cuento pero recomiendan lecturas con un desahogo digno de mejores empeños. Y ahora, después de tantos fracasos, me obsesiono con esto de buscar «mi voz». Dicen que si imitas lo que funciona, al final funcionas tú también. Que si caminas como escritor, respiras como escritor y te sientas a las cinco de la mañana con una taza de café en la mano, al final te conviertes en escritor. Me agarro a esa idea como si fuera una tabla en medio del naufragio.

Hoy, por ejemplo, he decidido que voy a escribir como si ya supiera hacerlo. Sin esperar inspiración, sin quejarme frente a la pantalla. He tomado notas: «haz que el lector se sienta importante» —eso decía uno de los últimos textos «motivacionales» que leí. ¿Cómo se hace eso con palabras? ¿Con una mirada? No tengo a nadie frente a mí. Estoy solo. Pero tal vez pueda mirar al lector con una frase. Tal vez si escribo con la intención de que el otro se vea reflejado en mí, se quede a seguir leyendo. Quizá, si le doy algo específico, algo real —como esta tristeza sorda que siento cuando veo que no avanzo—, tal vez escuche.

También me dijeron que hiciera pausas. Que no me apurase. Que les diera un respiro a las frases. Cortas. Como si las palabras tuvieran cuerpo y necesitaran oxígeno. Me cuesta. Siempre me ha costado el silencio. En la vida y en la página. Temo que, si me callo, nadie me escuche. Que si dejo un espacio, se llene de olvido. Dicen que lo peor es perder seguidores si dejas de pedalear a diario. Pero estoy aprendiendo a detenerme. A mirar mis propias frases antes de lanzarlas. A preguntarme si son honestas, si son mi voz.

El cuerpo. ¡La puñetera postura! ¿Cómo se traduce eso en la escritura? ¿Cómo camina una frase con la espalda recta? Supongo que tiene que ver con la seguridad. Con no esconderme detrás de adjetivos innecesarios o tramas enredadas. Escribir con la frente alta, sin pedir permiso. Estoy en ello. Quitar adornos. Decir las cosas como son, incluso cuando duelen. O justo por eso.

El humor ayuda, señalan. Pero yo no soy gracioso. O no me siento así. Mi humor es torpe, sale cuando no lo busco y a veces hiere más de lo que alivia. Aun así, lo intento. A veces, en medio de un cuento que se arrastra como un animal herido, meto una línea absurda, una imagen ridícula, y por un momento siento algo parecido a la ligereza. Como si la página se aflojara un poco y yo pudiera respirar.

Lo que sí he dejado de hacer —o trato de dejar— es quejarme. Escribir no me debe nada. Nadie me prometió que sería fácil. Lamentarme es un modo de pedir permiso para rendirme, y ya me he hundido demasiadas veces. Tampoco hablo mal de otros escritores. Aunque me carcoma la envidia. Aunque lea textos publicados y piense: «¿Esto es lo que se publica ahora?» Me muerdo la lengua. Porque sé que cuando critico lo que hacen otros, en realidad estoy ocultando el miedo de no estar a la altura. A veces me digo que debería mostrar más mis fallos. Mis inseguridades. Que quizás esa sea la clave. La regla de la sombra, la llaman. Mostrar la herida. No disimularla. ¿No es eso lo que más nos atrae de los personajes? Sus debilidades. Igual debería aplicarme. Tal vez, si me muestro como soy —inseguro, cansado, obsesionado con ser mejor—, alguien escuche. Tal vez ahí esté mi voz. No en la imitación de otros, sino en la aceptación de mis fisuras.

Entonces me siento, como ahora, y escribo todo esto. Sin estructura clara. Sin un «mensaje inspirador» final. Solo este intento de ser yo mismo —el personaje que ha indicado el autor en las primeras líneas—, con todas mis dudas. Porque estoy empezando a sospechar que la voz no se encuentra. No es un tesoro escondido ni un estilo que se aprende en un curso. La voz se construye mientras uno escribe con honestidad. Mientras uno se cae y vuelve. Mientras uno se mira sin filtros, sin máscaras, y dice: esto soy yo, y así sueno yo, aunque hoy no me guste.

La voz no surge tras una curva del recorrido. Quizás es algo que se va dejando atrás, como un rastro de migas. Cada cuento fallido, cada poema que no rimó, cada novela abandonada sin terminar, todo eso forma parte del camino. El viaje. Tal vez se me dé fatal, pero sigo. Porque en algún lugar entre lo que digo y lo que no sé decir, está eso que he estado buscando todo este tiempo: una manera de ser, en palabras. Una manera de estar en el mundo, escribiendo.

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8 comentarios sobre “Escribo, luego insisto

  1. Eva dice:

    Muy, muy buen texto. Creo que no hay escritor que no se sienta (o se haya sentido) identificado con estas líneas en mayor o menor medida: las inseguridades, la montaña rusa emocional, el abandono de la motivación, el síndrome del impostor, la tenacidad para seguir dándole a la pluma pese a ello, esa búsqueda obsesiva de la voz propia y la esperanza de encontrar una fórmula mágica para encajar las palabras «ganadoras» en los consejos de los grandes… y de cualquier post. Bravo.

    1. lectureo dice:

      Gracias por tu comentario, Eva.
      Exacto. La idea era darle la vuelta al guante de quien se sienta al teclado: lleno de pelusas que pican en los dedos, como esas inseguridades y dudas que mencionas. Me apetecía sacudirlo al viento, que se aireara todo eso. Y, una vez ventilado, volvérmelo a poner para seguir escribiendo, con la esperanza de que, en el próximo intento, las manos —y las palabras— se sientan un poco más libres ante el papel en blanco.

  2. Juan Antonio dice:

    Que trágico. Que necesidad tiene el escritor de sentirse validado. Es una afición saturada de gente “pick me” (un nuevo termino que define a las personas que quiere gustar y que les elijan. Con 90.000 libros publicados en España cada año, debe haber 89.900 “pick me” escribiendo. Buena suerte.

    1. lectureo dice:

      No lo llamaría trágico, Juan Antonio 😉. A veces, más bien, algo patético… sobre todo si nos empeñamos en buscar solo la voz, y no el camino que la sostenga. El personaje del texto podría encajar perfectamente en lo que comentas del pick me, sin duda. Y creo que ahí está el quid: no quedarse en querer gustar o ser elegido, sino en encontrar un sentido más allá de esa validación externa.

  3. Alís Fdez dice:

    Me encanta el texto. Siempre disfruto y valoro la valentía de mostrarse vulnerable. Al final, todo se resume en lo mismo, en dejar de seguir los consejos de los demás y atreverse a ser uno mismo, guste a quien le guste y pese a quien le pese. Sirve para la escritura y para todo en la vida. Un abrazo.

    1. lectureo dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Alís, y por pasarte por Lectureo, espero seguir dando muchos ratos entretenidos a quienes se acerquen por aquí. Feliz jornada.

  4. Marga Cánovas García dice:

    Bonsoir mi tan admirado escritor👩🏻‍🎓📚, no acabo de entender sus dudas, al respecto de su escritura🧐 cómo le explicamos al autor de «Trasuntos Propios» (Volumen I), qué, con toda seguridad, las letras de su teclado, están esperándole cada día, para hacerse un selfie con usted😎en estos días, con su sombrero de Panamá y granizado de café a su lado, con la ilusión, de llegar a ser algún día, uno de los protagonistas de sus textos😊🎬!, deje de cuestionar su talento!. Quedo a la espera de la presentación de «Trasuntos Propios» (Volumen II)🎉🥂📗. Deliciosa tarde de verano😎🏄🏻‍♀️.

    1. lectureo dice:

      Jaja, ¿por qué piensas que hablaba de mí? Se trata de una reflexión genérica, que debe entenderse –como ya reflejan otros comentarios– como algo extendido entre los que practicamos este oficio.
      Si todo va bien, calculo que este invierno tendré listo el volumen II de Trasuntos Propios; antes, sacaré –esto es primicia–, Escribientes, Volumen I, con la recopilación de estos artículos, y que ya está prácticamente en capilla. No doy más de mí, lectora fiel 😉💜.

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