Likes y pulgares

Mitología revisitada

Antuán

Desde muy pequeño, Fabián notaba que su aspecto era especial. En el cole, sus compañeros lo envidiaban y sus profesores lo adoraban. Enseguida, consideró normal la adulación constante desde su entorno. Hasta su familia difundía orgullosa y sin precauciones sus monerías por todos los canales.

En la adolescencia, el ciberespacio se convirtió en el escenario perfecto para brillar. Con su apariencia y su carisma, conquistó a millones de followers, que anhelaban una vida tan perfecta, un físico tonificado, lujos y optimismo sin límites.

La diversión inicial se transformó pronto en una obsesión por acumular likes y pulgares. Su yo en las redes era más real que su persona carnal. Su celebridad crecía al mismo ritmo que se disipaba su relación con amigos y familiares. Asistía a eventos para cosechar contenido. Las conversaciones ahora eran selfies, los nuevos autógrafos.

Solo se sentía completo online, bajo la idolatría de su cibertribu mundial.

Un día, instaló un carísimo filtro llamado Perfexion, que prometía optimizar su imagen mediante ¿cómo no? IA. Jamás se había visto tan radiante. Esa herramienta se convirtió en pieza clave de su extenuante rutina.

Hasta entonces había sido inmune a las ojeras, pero, en plena ascensión digital, el estrés y la falta de sueño empezaron a afectarle. Pasaba noches largas y solitarias editando contenido. De repente, mientras recortaba una foto, le temblaron los dedos y la pantalla le devolvió su cara sin filtros. Ahí vio la realidad de su semblante agotado y triste. Algo en él se quebró. Desde ese día, empezó a hundirse en una feroz depresión. Los likes perdieron todo su valor para Fabián.

Su publicación póstuma se convirtió en un santuario digital. Tenía miles de mensajes de condolencia. Hasta en su muerte, Fabián conservó una imagen ideal, espejo de un mundo donde la apariencia era la existencia. Se había fundido en su reflejo, lo único que quedó de él.