El mentalista

Relato en dos planos

Antuán

—Ser mentalista de la policía es un infierno, Fabio. Imagina ser vidente, adivino, detective, mago… ¡y actor! todo a la vez, y encima mal pagado. No se lo recomendaría ni a mi peor enemigo.

Fabio me escuchaba con una paciencia muy mal disimulada mientras nos dirigíamos a la escena del crimen. Aparcamos en el único hueco libre, rodeados por coches de otros agentes, siempre ansiosos por llegar los primeros y precintar hasta el aire, que no se escape ni el olor a crimen, a tierra mojada, a metal oxidado y a algo más, un tufo que ponía los pelos de punta. Este último solo lo sentía yo.

—¡Buenos días, John el Rojo! —saludó la inspectora Cifuentes, con una sonrisa más sarcástica que empática. Su tono burlón me recordaba el detestable apodo que me habían asignado—. Tranquilo, esta vez no hay nada pintado de rojo en las paredes.

—Yo también te deseo lo mejor, jefa —respondí. Era mejor no entrar al trapo, no merecía la pena— ¿ya puedo entrar?

Mi experiencia me ayudó a atenuar la sensación de déjà-vu que me invade cada vez que me aproximo a un escenario. Las primeras veces, se me notaba tanto que hasta hacían un corrillo a mi alrededor. Esperaban que resolviera el caso mientras me ausentaba de la realidad durante unos minutos. Con el tiempo, aprendí a dominar ese intervalo de ausencia, pues no siempre daba con las claves, y prefería no aventurar hipótesis hasta que no estuviera seguro de lo que había intuido o adivinado.

Ese día, la vibración era demasiado fuerte… «niños, en este crimen hay niños», es lo primero que me llegó. El ambiente irradiaba algo diferente cuando había menores involucrados. Podían ser los autores de un crimen, o haber estado ahí durante los hechos. Me encaminé hacia la construcción. En el suelo había dos pares de huellas de neumáticos que convergían junto a la casa. El vehículo había llegado y partido, aplastando la hierba en direcciones opuestas. Me agaché, tocando los tallos quebrados, sintiendo la frialdad del suelo húmedo. «No es un vehículo de campo, ¡es una furgoneta!», anoté mentalmente.

—¡Qué! ¿te falla la cobertura para tus visiones? —me interrumpió Fabio, ignorando lo que le había contado mientras veníamos—; si te sirve de algo, me han dicho que había unos hippies por la zona, dicen que no vieron nada raro.

Ayudaba, pero no podía decírselo.

Seguí aproximándome y por fin la vi, alejándose del granero… una adolescente, pisando las mismas huellas que yo acababa de tocar, era la conexión, que volvía a funcionar. Un galgo gris la seguía a pocos pasos en su huida. La chica no parecía aterrorizada, pero no volvía la vista. Seguí su trayectoria hasta que se internó en una arboleda que delimitaba la explanada. Después de esa aparición, atravesé el enorme hueco que daba paso al granero, sin portones ni cierres de ningún tipo… en cuanto crucé el umbral, lo vi todo.

Volvía a encontrarme en el centro de una película tridimensional sin dimensiones palpables en la que se reproducía el pasado más reciente.

En la zona real, el equipo forense se afanaba en su trabajo, monos blancos de papel, gafas protectoras, mascarillas, guantes, calzas, para evitar que sus componentes contaminaran evidencias del lugar. El aire pesaba cada vez más, saturado de olor a muerte y a tierra mojada. En un frenesí grotesco, nubes de moscas se amontonaban sobre un patrón circular de restos, etiquetados con precisión para su análisis forense. Tras pertrecharme con el equipo reglamentario básico, me acerqué y vi restos de lo que parecían ser varios animales desmembrados, dispuestos en un círculo con simetría ritual. En el centro, un símbolo pintado con sangre. No era un emoji, sino algo mucho más antiguo, mezcla de trazos celtas, vikingos, o similares. Sin transición, a mi alrededor —ahora solo lo veía yo—, una docena de protagonistas, algunos niños, vestidos con una estética setentera trasnochada parecían oficiar una ceremonia trascendental. Cocinaban un brebaje de olor penetrante en una hoguera. Varias copas vacías esperaban para la distribución de la extraña sopa. Recordé las palabras de Fabio, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La conexión parecía tan obvia como enigmática.

—John, ¡tenemos algo! —de nuevo Fabio interrumpía mi concentración, pero no podía ignorar su aviso—, uno de los drones ha localizado la furgoneta de los hippies a pocos kilómetros de aquí. Estaban todos muertos a pocos metros del vehículo, como si hubieran huido, intoxicados por alguna sustancia ¿quieres venir a verlo?

—No, mejor sigo aquí, creo que yo también he encontrado cosas —dije. Fabio encogió los hombros y se fue.

Salí del granero y miré hacia los campos, tratando de ver —retornando a mi visión interior— hacia dónde habían huido la chica del principio y su acompañante canino. El viento movía la hierba alta, sin rastro de su paso. Decidí seguir durante unos minutos las huellas que habían dejado, que se adentraban hacia el bosque. Pronto, este se abrió a una pequeña claridad donde un grupo de personas, vestidas con ropas holgadas y deslucidas, me observaban en silencio. Entre ellos, la joven de mi visión estaba de pie, su rostro ya no reflejaba miedo. A su lado, el galgo reposaba tranquilo. Tras escuchar lo que me había dicho Fabio y relacionar las pruebas, un último detalle captó mi atención. Las ropas de los presentes emanaban un olor penetrante, una mezcla de hierbas quemadas y sangre seca, el mismo que había percibido en el granero. La conexión era innegable, pero el enigma solo se profundizaba.

En ese momento, la adolescente se acercó a mí con un semblante serio, extendiendo su mano en un gesto que transmitía paz. Sentíamos que ya nos habíamos visto antes.

—Este encuentro no es casual —dijo ella con una voz que denotaba una sabiduría poco usual para su edad—. Desde que la disidencia anidó en nuestra comunidad, hemos esperado la intervención del destino o de la razón... Lo que ocurrió en ese granero fue una consecuencia trágica de una falsa creencia. Los que murieron en la furgoneta eran de nuestra comunidad, pero se habían apartado de nuestras costumbres en busca de poderes que no comprendían. No esperábamos que terminara en tragedia —Sus palabras eran sinceras, y sus ojos reflejaban un dolor profundo por la pérdida de sus amigos. La comunidad había intentado intervenir para rescatarlos de su fanatismo y de las sustancias que habían ingerido, pero llegaron demasiado tarde. El ritual había sido un intento fallido de conectar con energías más allá de su control, lo que provocó el horror que yo había descubierto.

Con la ayuda de la chica, pudimos reconstruir los eventos que llevaron al fatal desenlace. Documenté cada detalle, desde las pruebas encontradas en la escena del crimen hasta los testimonios de su comunidad. Mis visiones me sirvieron para completar el relato y asegurarme de que la verdad fuera entendida en su complejidad y no como un mero acto de barbarie y brujería.

«Ser mentalista de la policía es jodido, cada vez lo tengo más claro», reflexioné días después, mientras visitaba de nuevo el granero rojo, que se recortaba sombrío contra el cielo tormentoso.

Detalle de la obra Dream Chaser, de Andrea Kowch