
Aurelio era escritor. Amaba el arte, adoraba las aventuras y deseaba el éxito. En abril, asistió a un certamen excéntrico: «El Desafío Alfabético». El reto era extraño: escribir un relato usando únicamente palabras que empezaran por A o E.
Aceptó entusiasmado. El experimento era absurdo, pero excitante. Escribió:
«Amelia amaba a Elías. Él, ególatra, escapaba. Amelia aguardaba, esperanzada. El alma ardía. El amor era eterno, aunque efímero…»
Entregó el escrito. Esperó. El veredicto llegó: eliminado. Aurelio se sintió herido. Desde entonces, un reto extraño emergió. Al abrir el archivo en blanco, las palabras ajenas a la A o la E le eran esquivas. Escribía: «Ansiedad, esperas, eternidad, alma, eco…» y no podía parar.
Intentaba otra historia, pero algo en su mente eliminaba cada consonante incorrecta. Escribió novelas enteras así. Las editoriales empezaron a ignorarlo. Los amigos se alejaron. Él apenas hablaba ya «¿almorzamos?», «¿ensalada?» o «¿agua?». Era el único lenguaje que toleraba.
Años después, Aurelio fue hallado en un ático abarrotado de hojas amarillas. En ellas se hallaban relatos, poesías, novelas inacabadas, todas nacidas de un abecedario amputado. En su pared, garabateado con tinta, se podía leer:
«Escritor ama AEs enfermizas. Adiós.»
Ese fue su epitafio.
Pero su sobrina, escritora influyente y editora, encontró los textos. Fascinada, comenzó a publicarlos en su blog. Se volvieron virales. Nació así un nuevo estilo literario, extremo y bello: relatos solo con A y E. Años más tarde, la Biblioteca Nacional los archivó como patrimonio experimental, y una escuela de escritores adoptó su método que pasó a la historia con el nombre de: Arte Hipnótico Monoliteral.