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Le mieux est l’ennemi du bien

Por qué a veces conviene escribir mal para escribir bien

Atribuyen a Voltaire –también a Montesquieu– la frase que encabeza este pequeño relato y que viene a significar que buscar la perfección puede impedir terminar algo que ya es suficientemente bueno, en suma, que la perfección sería enemiga de lo bueno. Me sirve para introducir, con el prestigio que da cierta apelación a la autoridad –espero que no de modo falaz–, un debate del que fui testigo hace pocas fechas.

En algún momento de todos los talleres de escritura surge una disputa, distinta de la que suscita el uso del narrador omnisciente frente al narrador en primera persona, o la eterna contienda contra la abundancia de adverbios y epítetos, como si estuvieran de saldo. Esta era mucho más íntima y existencial: la tensión entre el escritor que pule cada línea y el que prefiere dejar que la historia avance.

Pongamos que ocurrió un martes cualquiera, después de un ejercicio de relato breve. Los participantes habíamos leído nuestros textos y comenzaban los comentarios. Allí estaban los dos talleristas que pronto se convertirían en antagonistas. Uno de ellos, al que llamaremos Minucioso, tenía su manuscrito plagado de tachaduras diminutas. Parecía que hubiera corregido cada palabra con lupa, guantes y pinzas multiusos, tanto semánticas como ortográficas o sintácticas. El otro, Expansivo, mostraba media docena de páginas impolutas, sin una sola corrección visible.

Minucioso hojeó el texto del compañero con cierta perplejidad.

–¿Esto es el borrador? –preguntó.

–Exacto.

–¿El primero?

–El único por ahora.

Minucioso suspiró, y dijo:

–Pues es que yo no puedo avanzar si la frase anterior no funciona.

–¿No funciona para quién? –replicó Expansivo.

–Para el propio texto, si una frase no cuadra, todo lo que viene después nace torcido.

Minucioso sostenía que cada línea debía tener precisión léxica, economía verbal y cierta armonía invisible. Expansivo lo escuchó con una mirada que combinaba interés con cierta sorna contenida, aunque algo se le notaba.

–Tiene mucho sentido –dijo–, salvo por un pequeño detalle.

–¿Cuál?

–Que si paro cada tres líneas para ajustar el ritmo, el cuento se me escapa.

Minucioso arqueó una ceja.

–¿Prefieres escribir diez páginas malas?

–Prefiero escribir diez páginas vivas. –El comentario produjo ese silencio breve que suele seguir a los zascas educados. Expansivo continuó. Se diría que ya había tenido este debate más veces, y sus palabras reflejaban la tranquilidad de un argumento reutilizado–. Para mí el primer borrador es pura presión. Avanzo mientras la historia está caliente. Si empiezo a corregir demasiado pronto, cambio de modo mental. Y cuando cambio de modo mental, dejo de contar lo que tenía pensado.

–Eso suena muy romántico –respondió Minucioso, mirando al resto de los participantes en el taller, que ahora escuchaban atentos, inclinados hacia adelante en sus sillas, a la espera del siguiente asalto–, pero también muy caótico.

–Es que en buena parte lo es.

–Entonces admites que escribes mal.

–Al principio no es perfecto. –Levantó el manuscrito–. Pero esto es solo un borrador, donde aparece la historia, luego ya vendrá la cirugía, la poda, la música. Escribir es reescribir –repitió el mantra que se escuchaba cientos de veces en otras sesiones y otros talleres.

Minucioso negó con la cabeza.

–No me convences. Creo que si uno se acostumbra a escribir mal, termina escribiendo chapuzas siempre.

–Pero si uno corrige demasiado pronto –replicó el otro–, está remendando un texto que todavía no existe, desde antes de nacer.

Minucioso señaló un párrafo del cuento de Expansivo.

–Aquí, por ejemplo, dices «La noche estaba muy, muy silenciosa». Dos «muy» tan seguidos. Me parece cierta pereza verbal, seguro que hay mejores soluciones, si le hubieras dedicado solo unos minutos a pensarlas.

Algunos compañeros empezaban a sonreír.

El coordinador del taller, que había visto nacer esta discusión en veinte generaciones de escritores, decidió no intervenir de momento.

–Además, escribir sin corregir genera textos inflados. Demasiada grasa narrativa.

–Ya… y hacerlo corrigiendo cada frase produce textos paralizados, ¿te suena lo de la parálisis por el análisis?

–Yo lo considero disciplina.

–Pues yo inseguridad, y no te ofendas.

La palabra quedó flotando en el aire.

–¿Inseguridad?

–Sí. Miedo a escribir algo imperfecto.

Expansivo apoyó los codos en los brazos de la silla.

–Muchas veces no sé lo que quiero contar hasta que llevo dos páginas.

–Entonces estás improvisando.

–Exacto.

–Eso explica algunas cosas.

–Gracias.

Hubo algunas risas. Minucioso, sin embargo, no parecía dispuesto a rendirse.

–Mira –dijo–. Cuando yo escribo una frase, intento que tenga ritmo, claridad, peso. Si la dejo pasar con taras, el texto queda despeinado.

–Dale que te pego. Pues yo, cuando yo escribo una frase, intento que tire de la historia hacia adelante. Como te dije antes, si me detengo demasiado, el relato se enfría.

En ese momento, intervino una compañera de la mesa contigua:

–¿Y no puede ser que los dos tengáis razón?

Ambos la miraron como si su pregunta estuviera sin revisar.

–Explícate –dijo Minucioso.

–Ya lo habéis dicho, hay que escribir… y reescribir.

Los dos protagonistas se quedaron un momento en silencio. Expansivo fue el primero en reaccionar:

–Yo ya hago eso.

–Tú haces la primera parte –dijo Minucioso–.

–Que es la que lo hace existir –completó Expansivo.

El coordinador del taller finalmente intervino.

–Propongo algo revolucionario: que cada uno siga escribiendo como le dé la gana… y luego traiga el cuento la semana que viene.

Minucioso miró su manuscrito lleno de correcciones. Expansivo observó sus páginas intactas.

–De acuerdo –dijeron casi al mismo tiempo.

Mientras recogíamos los papeles, saqué la conclusión de que por suerte, no era cuestión de elegir entre uno u otro método. Lo confirmó en la siguiente sesión el coordinador, y lo documentó con numerosos ejemplos de genios que bien podrían ser minuciosos o expansivos sin menoscabo de su calidad. Escribir es conseguir ese equilibrio entre avanzar aunque el texto todavía gatee y detenerse después para enseñarle a caminar. Si uno se empeña en que cada frase sea perfecta antes de seguir, corre el riesgo de no llegar nunca al final. Pero si avanza sin mirar atrás, puede que la historia llegue entera… aunque luego haya que peinarla y repeinarla varias veces. Y para eso, por suerte, existen los martes siguientes.

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4 comentarios sobre “Le mieux est l’ennemi du bien

  1. Hortensia dice:

    Ay, escribir, reescribir y seguir aprendiendo…siempre. y emocionarse con lo que haces

    1. lectureo dice:

      Pues sí, que no falte, rápido, reflexivo, el caso es contar, y que no falten nunca las buenas historias 😉

  2. Compañera de taller 😊 dice:

    Me gusta cómo resuelves con la definición de escribir haciendo referencia al gatear y al caminar!!!
    Y en cuanto a la valoración, se me ha quedado en una ⭐ cuando iba a poner 5😱

    1. lectureo dice:

      Muchas gracias. Igual se puede volver a votar. Ya te contaré. Me encanta que te haya gustado

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