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Leer sin leer

Comentario sobre el postureo lector

Este verano lo tengo claro: la moda ya no es el paddle surf —no creas que no me tienta, porque ya me hice con una piragua hinchable y ahora me siento algo vintage—, ni salir a correr por la arena a cuarenta grados, algo que pasó a la historia antes de la llegada del cambio climático. Lo verdaderamente actual es fingir que lees. Sin paliativos. La antigua técnica del aparentar lo que no se es, rebautizado como postureo ha encontrado en la era del café de especialidad y los hashtags en inglés una modalidad muy cultureta y sencilla de ejercitar, aunque tiene su truco. Aceptemos que el verdadero talento ya no está en devorar libros, sino en posar con ellos como si fueran un bolso de lujo que portamos a diario como lo más normal del mundo.

La primera clave estaría en el título de la obra, que debe destacar sobre un fondo minimalista, con pocos colores, para que lo distingamos bien desde la rapidez de los miniclips para promocionar nuestra repentina pasión por la lectura profunda. Buscaremos clásicos que parezcan manuales de exorcismo o tesis sobre la nada. Tip: tres esenciales que me vienen, sin preguntarle a la IA: En busca del tiempo perdido, de Proust, Guerra y paz, de Tolstói y Cien años de soledad, de García Márquez. ¿Cómo se te va quedando el cuerpo? Si el autor suena a filósofo centroeuropeo de los que fumaban en blanco y negro, mejor. Por supuesto, las portadas alegres, ligeras, con tipografías dispares, bailarinas y con mucho colorinchi, quedan descartadas desde ya; y siempre, ¡siempre!, en versión original —con Tolstói es más complicado, quizás debas buscar algo más cercano. Si algunos seguidores conocen tus limitaciones lingüísticas, seguro que el resto hasta los diez o cien mil de tu Insta ni lo notarán. ¿Leerlos? Por favor. No estropeemos la estética.

El protocolo es sencillo. Coloca el libro abierto hacia algo menos de la mitad y ponte a grabar, o sácate la foto. (Cuidadín, hay quien no ha aprendido aún a «invertir» la imagen para que los que estamos al otro lado de la pantalla podamos leer el título al derecho sin que nos explote la cabeza tratando de descifrarlo). También puedes usar un marcapáginas, casero o de la editorial que te financia el esfuerzo divulgador-mercenario. El colmo sería que por el canto asomaran decenas de postits de colores, aunque tardarías más en prepararlo todo que en leerte el libro de verdad. Siéntate en el tren, o en el metro, y concéntrate unos quince o veinte segundos, lo que durará el reel, menos el tiempo que tienes que usar para la promo. Otra idea es dejarlo o cogerlo sobre la mesa de un chiringuito junto a una bebida refrescante tipo aperol, aunque ni lo pruebes.

De repente, alguien te pregunta, —voz en off—, y tú sueltas con tono grave:

—Uf… es brillante en su descomposición narrativa de la identidad. Exige una lectura transversal, casi física. —No entenderán nada. (Spoiler: no es seguro que te respeten más de lo que te llegan a entender.)

Los bookstagrammers forman la élite, la champions league de este show. Son unos seres que aparecen entre nuestras stories, y que viven entre ediciones especiales, flores secas, estanterías repletas de libros y cortinas arrugadas con mucho estilo. No todos leen. Algunos se dedican a cobrar por enseñar portadas, porque la editorial les manda el libro y, oye, el mantel combina con la sinopsis. (Spoiler II: casi ninguno conseguirá que compres el libro que anuncian; eso sí, el reel queda precioso.)

Mientras tanto, los verdaderos lectores siguen ahí, divididos en dos tribus igual de peligrosas. Por una parte, están los silenciosos: esquinas de páginas dobladas, subrayados a boli o marcador de colores, olor a mochila vieja. No necesitan citar a Foucault en una story, leen porque no pueden evitarlo. Les da igual la portada, la moda o el mantel; lo único que buscan es la siguiente página. Son inofensivos… hasta que descubres que sus recomendaciones son imposibles de rechazar y, de repente, tienes otro ladrillo de mil páginas en la mesilla.

Los radicales, en cambio, son como inspectores de aduanas de la cultura: revisan cada página que dices haber leído, te lanzan preguntas trampa y no aceptan un «lo tengo pendiente» como respuesta válida. Si les das pie, acabarás en un monólogo sobre por qué Ulises se lee en original y con anotaciones a pie de página.

Así que, si se te acercan, sonríe y suelta algo neutro:

—Ahora mismo estoy explorando otros formatos narrativos.

Y listo, cambio de tema.

Porque al final, el postureo literario no va de leer o no leer: va de construir una estética de lector cool. Si eso implica posar con un tomo de 900 páginas en la mano mientras escuchas un pódcast de true crime, pues adelante. Quién sabe, igual en algún momento, entre foto y clip, se te escapa una página… y descubres que la historia es tan buena que olvidas grabar el reel.

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2 comentarios sobre “Leer sin leer

  1. Juan Antonio dice:

    Me divierte este articulo porque cuadra con mi mundo idealizado. Pensar que esas fotos maravillosas de momentos tan especiales no son mas que pura fachada es reconfortante. Pero, cuanto de verdad hay en lo descrito? Es un articulo de investigación o solo es inventiva del autor? Esta época del año es propensa a compartir con fotos unas maravillosas vacaciones, con puestas de sol y bebidas refrescantes.

  2. Marga Cánovas García dice:

    Bonsoir mi admirado escritor😎toda la razón!, pero qué triste que invitar a la lectura📚, se haya convertido en una performance!. El verano pasado🌞🐡📗 me hice una foto cuando empecé el 1er capítulo de Verano, de J.M. Coetzee: no pase del capítulo 2🙃, su lectura junto a las olas del Mediterráneo, me resultaba un acto heroico!, y hasta publiqué la foto en mi cuenta de Instagram. Eso sí, este verano me he leído de un tirón (muchas risas también) «La Muy Catastrófica Visita al Zoo🦒» de mi querido Joël Dicker😎. Próxima lectura: «La buena suerte🍀», recomendación de mis hijos😊, feliz velada de verano😎🍹🏄🏻‍♀️.

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