
Relato de estrategia
Nació peón raso, como toda su fila de vanguardia. Debía moverse cauteloso, un paso a la vez, o dos, al principio de la contienda, y siempre hacia adelante o un poco en diagonal en combates cuerpo a cuerpo, como mandaban los cánones. Algunos de sus siete camaradas cayeron cerca de su posición, sacrificados en nombre de tácticas inexplicadas. Otros sobrevivieron, en pos de la gloria fugaz de unas pocas jugadas adicionales.
Logró avanzar, hasta alcanzar la ansiada octava fila. Su metamorfosis fue instantánea. Se sintió revestido del poder de la reina: el movimiento ilimitado. Por primera vez, entendió el tablero entero, con sus diagonales, sus trampas, la ilusión del libre albedrío dentro de un orden absoluto. Lo que antes parecía azaroso reveló su patrón oculto. Era pieza clave, ejecutor de emboscadas mortales, un delirio que resultó efímero.
Y también conoció al rey…, pieza pesada, taciturna, melancólica que arrastraba los pies, como hiciera el mismo peón recién reclutado. Entonces comprendió tal figurón no era más que un icono coronado con la única misión de sobrevivir, aun privado de súbditos.
El luchador, que ahora se deslizaba en todas las direcciones, obedecía a una voluntad que lo trascendía, sin embargo. No importaba cuánto avanzara ni cuánto supiera; siempre había una mano empujándolo, siempre sería un engranaje de un juego estratégico.
Un par de sílabas muy cortantes advirtieron del final de la batalla; después, otras dos añadidas a las anteriores marcaban la última jugada y la la inevitable derrota. Lo retiraron del tablero con la misma indiferencia con que lo habían promovido.
Al caer en el oscuro pozo de madera cuadrangular de las piezas capturadas, entre sombras de caballos, alfiles y torres derribadas, una certeza postrera lo golpeó: nunca había sido más libre que cuando fue un simple peón, ignorante de su destino.