Lo que Ursula K. Le Guin me ha enseñado sobre escribir con confianza
Por una de esas casualidades a las que otros llamarían providencia, ha caído en mis manos el libro Contar es escuchar, de Ursula K. Le Guin, y desde las primeras páginas de la obra he sentido que tenía entre las manos —bueno, en la pantalla— algo especial. Pero ha sido un ensayo en particular, Una cuestión de confianza, el que me ha atrapado por completo. No solo porque habla de escritura, sino porque toca un tema que me obsesiona: la inseguridad frente a la página en blanco. Después de leerlo, he sentido unas ganas irreprimibles de escribir sobre él, de digerirlo a mi manera y, quizás, de recordarme a mí mismo por qué sigo intentando contar historias.
Ursula K. Le Guin lo dice mejor de lo que yo jamás podría, pero aquí va mi intento de hacerle justicia a la charla Una cuestión de confianza. Como escritor que aún tiene mucho por aprender, todo lo que ella expone lo siento en mí. Habla de la confianza en tres niveles: en uno mismo, en la historia y en el lector. Sin esa tríada bien afianzada, escribir se convierte en una lucha constante, y la mayoría de las veces, en un camino de frustración más que de creación.
La confianza en uno mismo como escritor no es un regalo caído del cielo, ni una certeza con la que uno despierta de la noche a la mañana. Se construye con la práctica, con el esfuerzo sostenido de escribir, leer, corregir, fracasar y volver a intentarlo. No es una revelación mística ni un don divino: es trabajo, oficio, horas de vuelo. Y cuando la seguridad flaquea, toca fingir un poco, actuar como si supiera lo que hago hasta que realmente lo sepa. Me encanta esa idea de Le Guin: «hazlo como si tuvieras el don y acabarás teniéndolo». Porque hay días en los que todo lo que escribo me parece un desastre, y recordar que la confianza se gana con la repetición me ayuda a seguir adelante.
Luego está la confianza en la historia, que para Le Guin implica renunciar al control absoluto. Aprendemos a escribir para luego aprender a soltar, a dejar que la historia tome las riendas. No se trata de abandonarla al caos, sino de encontrar el punto exacto entre la dirección consciente y la libertad creativa. Es tremenda su metáfora del jinete y el caballo: no quiero ser un escritor que someta cada palabra con mano de hierro, quiero ser el centauro, fundido con la historia, moviéndome con ella en lugar de imponerle un camino rígido.
Por último, la confianza en el lector. Esta parte me zarandeó de manera especial, porque muchas veces escribo con el temor de no ser lo suficientemente claro, de que no se entienda lo que quiero decir. Pero Le Guin nos recuerda que el lector no es un enemigo ni un obstáculo, sino un cómplice. No hay que tratarlo como un consumidor pasivo al que se bombardea con estímulos constantes, sino como un compañero de baile en una historia que ambos construimos juntos. No es una imposición, sino una danza. Esa idea cambia por completo mi forma de ver la escritura. No se trata de atrapar al lector con un inicio explosivo ni de golpearlo con giros forzados, sino de invitarlo a participar. Confiar en que su imaginación hará su parte. Y eso también significa aceptar que la historia, una vez escrita, deja de ser solo mía. Su sentido, su impacto, dependen tanto de quien la lee como de quien la escribe.
Le Guin habla con la claridad de quien ha recorrido el camino de la escritura de manera profunda y honesta. Y aunque sé que todavía me queda mucho por aprender, me llevo esta lección con especial atención: confiar no es una garantía de éxito, pero la falta de confianza sí es una garantía de fracaso. Así que, por mucho que dude, por mucho que me asalten las inseguridades, escribiré. Confiaré en la historia. Confiaré en que el lector sabrá encontrarle sentido. Y confiaré en que, con cada historia, estaré un poco más cerca de ser el escritor que quiero ser.

4 comentarios sobre “Soltar las riendas”
Me gusta tanto esta forma de valorar la creación de un texto que creo que se podría aplicar al resto de las artes, incluso a la vida misma.
¡Esther, qué alegría leerte 😊!
Me encanta esa perspectiva que aportas. Al final, toda creación —ya sea un texto, una pintura, una melodía o incluso la manera en que vivimos— tiene algo de esa entrega y conexión con lo que nos rodea. Darle rienda suelta a la expresión, pero con propósito, con intención, es quizás el gran arte de la vida.
Gracias por compartir esta reflexión.
Un abrazo fuerte y nos seguimos leyendo.
Antuán, en qué pocas palabras has transmitido tanto. Valoro mucho la precisión del análisis y la reflexión que haces. Mil gracias
Muchas gracias. Espero que pronto puedas leer el resto de los artículos en el libro ESCRIBIENTES, donde está la recopilación de los veinte primeros de esta web. Un abrazo.