Blog

Quien ríe el último

Un relato con jocundia mortal

Hace muy poco creí escuchar al admirado Juan José Millás señalar en una entrevista —con ese estilo suyo de bisturí envuelto en ironía que siempre se gasta— que, hasta donde recordaba, jamás había visto un cadáver sonriendo en su ataúd.

Yo tampoco lo recuerdo; ni una leve comisura levantada, ni una discreta mueca de satisfacción, algo que transmita: «Ha sido un placer, hasta aquí hemos llegado». Quizá el protocolo de ese momento triste impida ningún asomo de informalidad post-mortem, ante el inevitable rigor mortis. Quizá exista una ley, artículo o inciso de algún Código Tanatorial que lo prohíba con la misma contundencia que las gambas en mal estado.

Tras una rápida reflexión, se me ha antojado que, en el capítulo póstumo del relato de mi existencia, a la hora de mi última exposición —ese desfile sin alfombra roja, con luces frías y público variopinto— me encantaría que mi tanatopractor tuviera a bien acondicionar mi careto pecador con una expresión sonriente. Una sonrisa abierta, auténtica, no neutra, como quien se guarda un chiste para la eternidad. Que alguien, al verme, murmure con ternura «Parece que se fuera a despertar… y soltar otra de las suyas».

Es más, ¿por qué no mostrar también los dientes? Si me he gastado una fortuna en ortodoncias, implantes, limpiezas y blanqueamientos, ¿por qué no lucir ese patrimonio incluso de camino al más allá? Eso si mi muerte no ha sido el resultado de algo grotesco, como resbalar con una cáscara de plátano al recibir un premio literario, o atragantarme con una aceituna mal deshuesada. Espicharla así y no poder reírse uno mismo es una injusticia cósmica. La rigidez cadavérica tampoco ayudaría, cero flexibilidad facial para unas risotadas.

En todo caso, creo que pedir una sonrisa está en los límites aceptables. Solicitar unos ojos abiertos, por ejemplo, ya sería excesivo. La línea entre el tipo entrañable y el psicópata de thriller se vuelve demasiado fina. Mejor lo justo: una expresión que invite al recuerdo alegre, no a las pesadillas.

No creo que pueda volver desde un incierto más allá para confirmar las expresiones de quienes en el más acá asistan ese día a mi velatorio. Me imagino la escena: familiares, colegas, antiguos amores y enemigos discretos pasando frente a mi ataúd y, de pronto, esa sonrisa. Alguno se reirá bajito. Otro soltará un «siempre tan irreverente… ni muerto se contuvo». Estoy seguro de que algún cuñado sin filtros pediría una selfie, y quizás alguien la subiría a un grupo de WhatsApp con un comentario tipo: «Te dije que era un mamón hasta el final».

No obstante, esa sonrisa forzada —obviamente—, por muy cuidadosamente esculpida que estuviera, podría malinterpretarse. A causa de un trazo del maquillaje mal resuelto o una sombra inoportuna, alguien podría pensar: «Míralo… muerto y todavía con cara de pedante sabelotodo». Y eso sí que me dolería. Bueno, no doler, doler… ya me entiendes.

En esta pequeña elucubración, me he imaginado que durante mi velorio alguien abría un sobre sellado. Dentro estaba este escrito con una advertencia inicial: «Lean esto en voz alta, pero solo si sonrío como es debido». Al finalizar su lectura, el lector levantaba la vista, me observaba la mueca impecable y decía, sin apartarse del micrófono: «Lo logró. El muy cabrón lo logró». Hubo risas. Genuinas. Breves. Casi respetuosas.

Debajo de toda esta comedia póstuma, confieso algo más íntimo: lo que de verdad me gustaría no es que se rieran de mí, sino por mí. Que al ver esa sonrisa, alguien sintiera ganas de recordarme contando historias, diciendo tonterías, celebrando cumpleaños exagerados. Que la risa no fuera solo un acto de irreverencia, sino de cariño. Un modo de decir: «Estuviste aquí, y nos lo hiciste pasar bien. Gracias». Incluso, algún cura despistado que se asomara y viera mi rictus beatífico, se quejaría pensando «Este ya se ha colado en el cielo sin pasar por ventanilla».

Para terminar, lo único que de veras me incomodaría sería que alguien, al observarme en aquella caja, soltara: «Pues así callado y sonriente, está hasta más guapo que en vida». Y que mi viuda —como quien no quiere la cosa— no lo desmintiera con la suficiente rapidez. Eso sí que sería para morirse… otra vez.

 

 

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 4 Promedio: 4.5)

4 comentarios sobre “Quien ríe el último

  1. Juanan dice:

    Lo de la valoracion por estrellas no esta explicado para torpes como yo. Me he puesto a dar en varios sitios y al final ha quedado como si hubiese valorado con 3, y mira que pretendia darle al menos un 4.

    1. lectureo dice:

      No importa, agradezco mucho las valoraciones tipo restaurante, pero no tanto como las que pueden emitir magníficos colegas escritores como tú 🙂
      Un abrazo, Juan Antonio

  2. Marga Cánovas García dice:

    Bonsoir mi tan admirado escritor😎ni el mismísimo Quevedo, hubiese redactado una esquela de este nivel!, no puedo imaginarme las miradas ni tampoco los diálogos, de todos los que desfilariamos ante usted, en tan solemne ocasión!, supongo habrá más de un escritor, que celebre no contar con su talento, en los próximos Premios Cervantes😎📚, pero lo que sí tengo por seguro, es que, todos sus admiradores, lamentariamos, no volver a leerle🧐📚💐. PD: Agradecería poder conocer el dress code🎊🥂 correspondiente al sepelio y cocktail posterior😊. Espero este momento tarde mucho en llegar, quedamos a la espera de la segunda entrega de Trasuntos Propios🕵️‍♂️.

    1. info dice:

      Siempre tan generosa en tus apreciaciones, querida Marga. Muchas gracias. Intentaré alcanzar las más altas cotas de excelencia antes de que llegue el momento de leer este relato. GRACIAS 😉

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *