Apagar para leer: anatomía de una tentación
Cada vez que el móvil me lanza ese informe semanal de horas perdidas –perdón, «de uso»– tengo una pequeña fantasía destructiva: estrellarlo contra la pared y convertirme, de inmediato, en una versión mejorada de mí mismo. Leer más, escribir mejor, caminar al atardecer con un libro bajo el brazo, pensar despacio, subrayar frases memorables. Una vida un poco más decimonónica, sin notificaciones, sin vídeos de ocho segundos, sin discusiones con desconocidos sobre asuntos que olvidaré al minuto siguiente. La fantasía suele durar lo que tardo en volver a abrir Instagram. Pero ahí está. Y no parece solo mía.
Este artículo no nace solo de esa tentación privada, sino de la lectura de un texto reciente que me dio el empujón definitivo para escribirlo. Se titula If You Quit Social Media, Will You Read More Books?, publicado en The New Yorker el 9 de diciembre de 2025. Jay Caspian Kang, su autor –periodista cultural y ensayista– reflexiona con bastante ironía sobre una idea que muchos compartimos: la de que Internet nos entrena para esperar experiencias cada vez más optimizadas, rápidas, afinadas a nuestros gustos… mientras los libros, ¡pobres!, siguen siendo lentos, torpes, ineficientes. Leerlo fue como mirarme en un espejo ligeramente deformado: gracioso, incómodo y demasiado reconocible.
Me inclino a pensar, sin afirmarlo con solemnidad, que sí. Creo que leería más, y sobre todo escribiría más, si no estuviera pendiente de las dichosas redes sociales, de la bookstagramosfera. El aspecto económico, ya lo adelanto, apenas cuenta, pues el rendimiento que saco de las redes relacionado con mi escritura es mínimo, por no decir testimonial. Pero el desgaste, ese sí que es constante. Lo curioso es que esa intuición convive con otra menos heroica, y me explico. Cuando alguien hace de conejillo de indias, decide desintoxicarle de lo digital durante un tiempo y vuelve para contarlo, acaba descubriendo que el mundo sigue girando… y que los libros siguen esperando. Sin notificaciones, sí, pero igual de arrinconados. A veces la única diferencia real es que uno se entera menos de lo que ocurre afuera. Lo cual, según están las cosas en este mundo, tampoco está tan mal.
Nos repetimos mucho que leemos menos que antes, y los datos lo confirman cuando hablamos de libros. Pero, si ampliamos la perspectiva, Jay tiene razón, pues nunca hemos leído tantas palabras, si sumamos mensajes, hilos, memes, comentarios, artículos, opiniones, frases sueltas, consignas. Leemos sin parar. Otra cosa es qué tipo de lectura es esa y qué huella deja. Tal vez no sea tanto un problema de cantidad como de textura. Antes buscábamos información en en enciclopedias, en ensayos, en diccionarios; ahora la buscamos en la red, o en la omnipresente inteligencia-artificial-que-todo-lo-sabe. Antes nos exponíamos a lecturas que no habíamos elegido del todo; ahora afinamos tanto el tiro que solo queremos leer exactamente aquello que encaja con nuestros gustos. Somos lectores más eficientes, sin ninguna duda, pero también, más previsibles.
Gracias a Internet nos aislamos en una burbuja perfecta, una dieta cultural hecha a medida. Lo que nos gusta, cuando nos gusta y en el formato que nos apetece para consumirlo. Eso es tan maravilloso como inquietante. La experiencia incómoda, leer algo que no nos apetece, aburrirnos un poco, disentir, va quedando fuera del circuito. Los clubes de lectura presenciales, con todos sus defectos, provocaban justamente esa tensión. Te forzaban a convivir con textos que no eran exactamente «para ti». A veces salía bien, a veces regulín, pero difícilmente salías indemne.
Luego está la escritura. Escribir hoy es hacerlo sabiendo que existe un ruido de fondo continuo, un «discurso» que se comenta a sí mismo sin descanso. A veces tengo la sensación de que muchos textos, incluso inteligentes, son en realidad globos de comentario inflados sobre ese flujo constante de opiniones, titulares, posts, podcasts. Nada termina de cuajar del todo, porque todo responde a algo previo que ya estaba circulando. Y ahí, claro, es donde entra el vértigo. El terreno de la agregación es precisamente donde las máquinas empiezan a moverse con más soltura que nosotros. Ordenan, resumen, combinan, optimizan. Lo hacen rápido. Lo hacen bien. Lo hacen sin cansarse. Aun así, sigo creyendo, o quiero creer, que hay algo profundamente humano en resistirse a esa optimización permanente. En demorarse. En escribir sin saber exactamente a qué conversación se está respondiendo. En leer un libro largo, imperfecto, lento, que no ha sido diseñado para gustarnos desde la primera página. Quizá sea una forma modesta de rebeldía. O simplemente una forma de no desaparecer del todo en la madriguera.
No tengo una conclusión clara. A ratos pienso que sin redes leeríamos más y mejor. A ratos sospecho que solo cambiaríamos una distracción por otra. Lo que sí tengo claro es que la pregunta merece ser discutida sin moralina, sin nostalgias de cartón piedra y sin tecnofobia automática. Así que la dejo aquí, abierta, para quien quiera recogerla: si mañana cerraras todas tus redes… ¿leerías más libros, escribirías mejor, vivirías distinto? O dicho de otra forma menos heroica: ¿qué estarías haciendo ahora mismo?
