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Cincuenta inviernos de arena

Entre la huida y el regreso

Nací la misma noche en que mi pueblo empezó a caminar hacia la nada. Eso me lo contó mi madre cuando yo tenía siete años, sentadas bajo una jaima que olía a té, humo y viento viejo. Me dijo que, mientras ella me daba a luz, las mujeres de la familia levantaban el campamento a toda prisa porque los aviones sobrevolaban la tierra que debía haber sido mi hogar. «Llegaste con prisa», me dijo siempre, «como si no supieras que tendrías toda una vida para esperar». Desde entonces, he vivido todos mis días en Tinduf, donde la arena no es suave ni dorada, sino áspera, hecha de despedidas. Aquí aprendí a caminar, tropezando en un suelo que no pertenece a nadie pero que todos consideramos nuestro por falta de otra cosa. Cuando fui creciendo, comprendí que nací para ser refugiada antes que estudiante, hija o hermana. Mi documento de identidad era una palabra quebrada: desplazada.

Mi madre nunca pronunció el nombre de la ciudad donde vivía antes de huir hasta que cumplí diez años. En mi cumpleaños, mientras me trenzaba el pelo, murmuró: «Dakhla». Lo dijo despacio, como si temiera que la palabra pudiera romperse por la jota pronunciada con suavidad. A partir de entonces, me hablaba de ella como quien describe un sueño al que ya no se puede volver: las calles, los olores del mercado, la puerta verde de su casa. Yo la escuchaba con los ojos muy abiertos, intentando imaginar un lugar donde el viento no quisiera tragarse el mundo.

En la escuela del campamento, nuestra maestra, Laaroussi, nos enseñaba historia sin libros. Decía que nuestra historia estaba escrita en las cicatrices del desierto y en las marchas interminables de nuestras abuelas. «La ocupación no es solo un ejército», repetía, «es que te roben hasta la posibilidad de contar tu propia vida». Entonces yo no entendía del todo, pero ahora sé que tenía razón. En Tinduf, incluso los silencios hablan de lo que nos quitaron. A los quince años, participé por primera vez en una manifestación dentro del campamento. No marchábamos contra nadie concreto; marchábamos contra el tiempo, contra la espera, contra el olvido del mundo. Llevábamos banderas verdes, negras, blancas y rojas con una luna y una estrella que flameaban como si quisieran arrancarse de nuestras manos. No conseguíamos nada inmediato, pero yo sentí por primera vez que no estaba sola, que mi historia era la de miles más.

A veces, llegan visitantes de fuera: periodistas, cooperantes, activistas. Caminan entre nuestras tiendas con la mirada sorprendida, como si no pudieran creer que medio siglo de espera pudiera convertirse en una forma de vida. Algunos nos preguntan qué es lo que más deseamos. Yo siempre respondo lo mismo: «Volver sin pedir permiso». Ellos suelen asentir, con tristeza, y se marchan. Nosotros seguimos aquí.

Mi madre murió hace tres veranos. Antes de irse, me agarró la mano con fuerza. «Prométeme que no olvidarás Dakhla», susurró. No lo he olvidado. No puedo. Incluso sin haberlo visto nunca, vive en mi interior como una brújula que apunta siempre al oeste.

Hoy cumplo cincuenta años. Cincuenta años desde que comenzó la huida. Cincuenta inviernos de arena. A veces me pregunto si algún día podré mirar al océano de verdad, no solo en las fotos que pasan de mano en mano en el campamento. Sueño con caminar por una calle donde no haya tiendas de lona, donde el viento traiga olor a sal y no a polvo caliente. Pero, sobre todo, sueño con que los niños que nazcan mañana no tengan que aprender la palabra refugiado antes que la palabra hogar.

Mientras tanto, seguimos aquí, resistiendo. Porque cada día que pasa en Tinduf no es solo una espera: es un recordatorio al mundo de que todavía existimos, de que seguimos reclamando lo que nos pertenece desde antes de que yo naciera.

Por un Sahara Libre

15 de noviembre de 2025. Cincuenta años después de la Marcha Verde, la movilización de 1975 en la que Marruecos inició la ocupación del Sáhara Occidental aprovechando la debilidad del gobierno español y un dictador moribundo. Seguimos firmes en el recuerdo. Desafortunadamente, la realidad de la política internacional y sus intereses intenta imponerse: Naciones Unidas adoptó recientemente una resolución que da prioridad a la iniciativa de Autonomía planteada por Marruecos en lugar de impulsar un referéndum de autodeterminación para el Pueblo Saharaui.

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2 comentarios sobre “Cincuenta inviernos de arena

  1. Esther Cabrejas Guillén dice:

    Una pena compartida por los que hemos convivido con ellos aunque pocos días, intensos, muy intensos. Yo volví de mi primer viaje a Tinduf con una profunda depresión. Me enseñaron que se puede vivir de otra manera, aunque para ello hayan tendido que sacrificar su pasado y su destino. La culpa, como siempre, tiene a EEUU detrás.

    1. lectureo dice:

      Gracias por tu reflexión, Esther. Entiendo muy bien lo que dices.

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