Monólogo sobre la política escrita con punta gorda
(Interior. Despacho oval, casi vacío. Día en retirada. Luz cálida. Un escritorio enorme, limpio como si lo acabaran de desinfectar con cloro patriótico. En el centro, un único e inconfundible objeto: un rotulador Sharpie negro, de punta grotescamente gruesa, de los que no subrayan, solo sentencian. Silencio. Entra ÉL. Mira a cámara. No como quien lidera, sino como quien predica en un late night show de la Fox, sin fact checkings que lo interrumpan.)
—¿Ven esto? —Levanta el Sharpie con dramatismo entre ambas manos, a modo de cáliz, lento, dramático, casi religioso—. Esto no es una herramienta. Es una revelación. Poder puro. No pide permiso. No es simbólico. Es literal. Muy pocos lo entienden… porque piensan en pequeño. Yo no. Yo firmo con trazo grueso.
(Pausa. Ahora el rotulador parece un cetro alzado con la mano derecha.)
—Dicen que soy básico. Que no tengo matices. ¡Fake news! Lo que pasa es que uso este rotulador GORDO. ¡GORDÍSIMO! Porque no hago poesía: ¡yo hago Historia! El sabio pueblo americano no me ha elegido para perder tiempo entendiendo los detalles. Estoy aquí para decidir, para mandar. ¿Quién quiere matices? ¡Los tibios! Yo firmo como vivo: en trazo grueso y sin marcha atrás.
(Camina por el despacho. Mide con pasos lentos el terreno de su nación, que desearía bautizar Trumpistán. Se gira y comienza a gritar.)
—¿Género fluido? ¿No binario? ¿Pansexual? ¿Eso son tipos de sartenes? ¿dietas sin gluten? Come on! Yo crecí con dos opciones: hombre fuerte, mujer guapa. Punto. Como en los baños del Mar-a-Lago Golf Club. Claridad, carajo, como dice Javi. ¡Orden! ¡América! ¡Muro!
(Más tranquilo, rodea el escritorio y se acomoda en la silla como si fuera su trono. Más íntimo. Plano frontal, mirada afilada.)
—¿Que firmo sin leer? ¡Falso! Yo leo con el alma. Dios me ha salvado la vida para ejercer ese don. El alma no necesita párrafos. Solo convicción. Sentido común, amigos. El mío es tan grande que no basta con la plumilla de una estilográfica Cross, como usaban otros que se sentaron aquí antes que yo. Una certeza como la mía exige este Sharpie de calibre militar.
(Se ríe solo. Se gusta. Se encanta. Está pensando en hacer pasar a alguien para poder escuchar cómo le ríen la gracias sus acólitos. Musk no está hoy en la casa.)
—El cambio climático… ¿real? ¿pronombres? ¿diversidad? Miren, no tengo tiempo para la ONU de las emociones. Yo firmo cosas GORDAS para gente que quiere cosas GRANDES: trabajo, dinero, banderas enormes y super-trucks que rujan como dragones.
(Se vuelve a incorporar. Se dirige hacia las ventanas. Da la espalda a la cámara, mira sin ver hacia el horizonte a través de la ventana, se imagina su rostro esculpido en el Monte Rushmore… cuatro veces, para qué otras caras. Se gira de repente.)
—Los aranceles. Ah… los aranceles. Es muy fácil: es como marcar territorio en el mapa mundial. Un acto 100 % viril. Como conducir un camión sin frenos, mirar a Putin sin parpadear o darle la mano a Macron y dejarle los nudillos dormidos para tres días seguidos. Puro poder. Imponer aranceles no es economía. Es instinto. Es mirar a China a los ojos y decirle: Tus chismes me importan una mierda, y decretar… ¡el 100 %! ¿que lloras?, pues el 150 o el 200 %. Sin vaselina, ni cartón con el menú que valga. Sin embajadores. ¡Con un par!
(Se viene arriba.)
—¿Y la Unión Europea? Oh, pleeeeease! Un club de gente estirada que solo se entretiene regulando el tamaño de los pepinos. Come on! Me envían cartas en cursiva, con muchos membretes, sellos y buenas intenciones. Yo respondo con mi Sharpie, contra vuestro vino, vuestros quesos, vuestro aceite de oliva. Todo lo que huela a fragilidad y socialdemocracia. Mis aranceles gritan ¡Esta tierra es mía, carajo!
(Ahora mira el Sharpie como si fuera Excalibur. Lo alza. Sonríe, lo acaricia con ternura casi canina.)
—Este amigo… nunca me falló. No me juzgó. No preguntó. Solo firmó. Fiel como un pastor alemán, pero con tinta de alto contenido en testosterona. Sí, muchos se burlan. Me llaman bruto. Autoritario. Descerebrado. Tantas cosas. Pero dentro de muchos años, cuando encuentren una de mis firmas tapando todo el texto de debajo… dirán: «esto… seguro que esto fue importante. No entendemos qué pone, pero lo parece». Y eso, amigos, es el poder del trazo grueso.
(Mira directo a cámara. Voz baja. Casi… vulnerable.)
—¿Saben una cosa? El mundo no quiere líderes tibios. Necesita tipos que firmen con tanta seguridad que hasta las dudas se callen un rato. Aunque no entiendan nada… pero que actúen como si lo supieran todo. Ese soy yo. Yo soy el Sharpie del destino. Y el mundo necesita que le firmen el culo con tinta negra permanente. De esa que no se borra con el tiempo, la verdad ni los lametones de los progres.
(Pausa. Apoya el Sharpie sobre el escritorio. Lento. Ceremonial. Es su espada sobre el altar de una religión que él mismo inventó. Señala a cámara con el dedo índice. Firme. Patriarcal. Iluminado.)
—No me lean con lupa. Yo soy trazo grueso. Soy cartel de estadio. Soy grito de autopista. Soy la letra grande del contrato que nadie leyó, pero todos firmaron. ¡Y tengo muchos Sharpies! Pronto todos seránMade in USA… con olor a libertad, a macho y a gasolina sin filtrar.
FADE OUT. FIN.

Un comentario sobre “Sharpie Nation™”
Magnífica puesta en escena Antuán😎llevo varios días dudando si Trump, no es sino un experimento en IA de Elon Musk. El sonido en las firmas de Sharpie, suena ya en todas las plataformas y empiezo a sentir la presencia, muy cerca, de un grandullón con el pelo repleto de laca naranja, y con formas chulescas🧐😐😔. PD: empiezo a tener miedo de encontrármelo de repente!