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Encuentro en tres fases

Reciclaje afectivo

Fase I: él

Unos segundos después de cruzar el umbral, la vi. Al fondo del restaurante, sentada junto a un tipo que, por su actitud relajada, debía de ser algo más que un colega de trabajo. Ella era Paula.

Me detuve un instante, como si algo en mi interior se desmontara. Procuré desviar la mirada, no fuera a reconocerme. Después de tantos años —y de no pocas situaciones tensas—, dudaba entre enfrentarme a ella o desaparecer fundido con alguna sombra de aquel local de luces tenues y mantel de lino. Me senté en una mesa lateral, de espaldas a la suya. Pedí un blanco seco y me esforcé por parecer relajado. No lo estaba. Apenas había dado el primer sorbo cuando sentí una mano sobre mi hombro izquierdo. Firme. Conocida.

—¿No pensabas saludarme? ¿En serio?

La voz era la misma. Directa, cálida, con un deje de reproche que solo ella sabía usar.

—¡Anda! Bueno, eh… —balbuceé como un crío atrapado en mitad de una trastada—. No quería interrumpirte.

Intenté arreglar la chapuza con algo de encanto improvisado:

—Ni siquiera estaba seguro de que fueras tú… Por cierto, estás guapísima.

—¡Vaya jeta tienes! Yo sí te he visto entrar, y he notado cómo desviabas la mirada. No intentes engañarme. Te conozco demasiado bien, cabrón.

Sonrió, y en ese gesto encontré un eco de todo lo que habíamos sido.

—Vale, pillado. Mis excusas más humildes… ¿Te puedo invitar a un vino? Por los viejos tiempos.

—¿Por los viejos… o los más viejos? —me lanzó, con media ceja levantada—. Recuerda que fuiste tú quien dio por muerto aquello.

La cosa se me complicaba, así que tiré de recursos de simpatía, sabiendo que ella siempre supo leerme mejor que nadie. No en vano, habíamos compartido casi tres años de facturas, viajes, sexo a granel y discusiones que terminaron por convertirse en el telón de fondo de nuestra existencia compartida. Al final, lo único que nos quedó fue la rutina… y el hartazgo.

Pero esa noche todo parecía distinto. Era ella quien tomaba la iniciativa. Y no voy a negarlo: eso tenía su punto.

—¿Otra vez estás soñando despierto? —me soltó, con la mirada clavada en mí—. Aterriza por aquí y pídeme ese vino, que acabo de mandar a la mierda a un merluzo que no me merecía.

Hizo una pausa y remató:

—¡Puta mierda de Tinder!

Fase II: ella

Lo vi entrar por la puerta. Ese gesto suyo, como si llegase a territorio enemigo, no lo había perdido. Reconocí también su manera de mirar sin mirar, de calcular dónde sentarse sin ser visto. Pero claro, me vio. Me había visto de sobra. Y me esquivó. Como hacía siempre que algo le incomodaba.

Sonreí, aunque por dentro me removía algo muy antiguo. No era rabia. Era otra cosa, más tibia. Un pellizco de esos que uno cree archivados en alguna carpeta olvidada del alma.

El pobre tipo con el que había quedado por Tinder ya había agotado su crédito desde los entrantes. No sabía hablar de otra cosa que no fueran criptomonedas y proteínas. Mientras fingía escucharle, me dediqué a observar cómo él —mi él de otro tiempo— pedía un vino, se removía en la silla y evitaba por todos los medios girar la mirada hacia mí. Cuando le vi agarrar la copa con las dos manos, como si fuera un salvavidas, no aguanté más. Me levanté sin decir palabra, rodeé la sala y le puse la mano en el hombro.

Noté cómo se tensaba al instante.

—¿No pensabas saludarme? ¿En serio?

Se giró y balbuceó algo entre excusas y sonrojos. Que no quería interrumpir. Que no estaba seguro de que fuera yo. Que estaba guapa. Lo mismo de siempre: torpe, encantador, culpable. Como si con eso bastara.

—¡Vaya jeta tienes! —le dije, más por costumbre que por enfado—. Yo sí te he visto entrar. Y he visto también cómo me esquivabas la mirada. No intentes engañarme, te conozco demasiado bien.

Se rindió enseguida. Me invitó a un vino, soltando esa frase comodín de «por los viejos tiempos».

Yo, que ya había empezado a divertirme, le solté la pulla:

—¿Por los viejos… o los más viejos? No olvides que fuiste tú quien firmó el finiquito de lo nuestro.

Y entonces me miró como si no supiera muy bien si reír o bajar la cabeza. Ahí estaba él, intentando parecer simpático, buscando el tono justo entre la nostalgia y la disculpa. Pero yo ya no era la de entonces. Éramos historia, sí, pero también habíamos sido capítulos intensos. Facturas, escapadas, noches infinitas de sexo y discusiones por tonterías. Lo bueno duró… hasta que lo cotidiano nos devoró. Y sin embargo, ese día, algo era distinto. Lo sentí.

Esta vez, el guion lo escribía yo.

—¿Otra vez estás soñando despierto? —le dije, bajando la voz—. Aterriza por aquí y pídeme ese vino. Acabo de mandar a la mierda a un merluzo que no me merecía.

Lo vi reaccionar con esa media sonrisa suya.

Entonces le dije, para rematar:

—¡Puta mierda de Tinder!

Fase III: un match

Ella ya iba tarde. Siete minutos. No es que me molestara —tengo paciencia cuando la ocasión lo merece—, pero tampoco me gusta que una cita arranque con desequilibrios. Yo soy puntual, además de la parte interesante de la conversación.

La reconocí enseguida. Tenía mejor pinta que en las fotos, cosa rara. Morena, estilosa, mirada afilada. Venía con paso seguro, como quien entra a su propio escenario. Eso me gustó. Me puse en pie, sonreí con la dosis justa de carisma relajado, y nos dimos dos besos. Ella dijo algo educado, no recuerdo qué. Pedimos. Yo opté por algo ligero, una ensalada proteica. Le comenté que estaba en fase de definición muscular. No lo dije de forma ostentosa, por supuesto. Solo lo justo para dejar caer que cuidarse es un valor. Hablé de inversiones un rato. Criptos, ETF, lo que se mueve ahora. Ella escuchaba… o eso parecía. A veces sonreía, a veces miraba hacia otro lado. Supuse que estaba nerviosa, o impresionada. A veces les pasa. Les cuesta conectar con alguien que tiene tan claro su propósito.

Luego ocurrió.

Estábamos entre el segundo y el vino cuando la noté girarse. Con ese gesto rápido, como de radar. Miró hacia la entrada. Y entonces lo vi también: un tipo, algo desaliñado, sentado solo a dos mesas de la nuestra. No era competencia. Ni de lejos. Camisa sin planchar, postura encorvada. Ese tipo de hombre que se cuela en los bares a modo de fondo de decorado. Ella lo miró demasiado rato. Fingí no notarlo, pero se me heló un poco el vino.

Unos minutos después, sin decir nada, Paula se levantó.

—¿Todo bien? —pregunté, casi por reflejo.

—Sí, sí. Dame un momento —dijo, sin mirarme.

La seguí con la mirada. Se acercó al otro tipo. Le puso una mano en el hombro. Le dijo algo. El tipo se giró, y la escena fue como una burbuja que no entendía: risas, un gesto torpe de él, algo parecido a una excusa y, luego, ese aire íntimo que solo tienen quienes han compartido algo más que una copa. Me quedé esperando. Pensé que volvería. Que me explicaría. Que se reiría de la situación. Pero no volvió. No me dio ni la cortesía de una despedida.

Me terminé el vino. Dejé la mitad de la ensalada. Mientras pedía la cuenta, pensé: otra más que no sabe lo que quiere. Y entonces, sin querer, la oí decir, con voz clara, pocos metros más allá:

—Aterriza por aquí y pídeme ese vino. Acabo de mandar a la mierda a un merluzo que no me merecía. ¡Puta mierda de Tinder!

El camarero me preguntó si todo estaba bien.

—Perfecto. Muy ilustrativo, de hecho —asentí, con dignidad, mientras introducía la clave de la tarjeta.

De camino a la puerta, no pude evitarlo: la miré una última vez, y lo único que pensé fue que, por alguna razón absurda, ella se lo había perdido.

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3 comentarios sobre “Encuentro en tres fases

  1. Rorro dice:

    Interesante relato corto en el que se describen tres puntos de vista y tres vivencias distintas. También se puede sacar una “moraleja” , las mujeres son las que eligen su pareja para bailar. Ellos son meros espectadores. Así fue y así será.

    1. lectureo dice:

      Gracias por el comentario, Rorro 😊, y gracias por pasarte por la web. Te invito a leer el resto de las aportaciones. Estás en tu casa.

  2. Marga Canovas García dice:

    5 ESTRELLAS «Encuentro en tres fases» Delicioso relato en tres copas de distintos vinos!, hasta la intervención del miembro de Tinder, nos envuelves con el misterio de quasi un menage à trois de amantes tan diferentes, quizás a Paula le divierte más sentirse dominante dentro de una relación aburrida🧐pero su personaje se desdibuja a través de la falta de respeto, hacia un posible affaire de una cita a ciegas. Me ha encantado y sigo insistiendo:😎🎬 magnífico guión de Cortometraje😊

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