Ella lo podía saber.
No fallaba nunca. Era capaz de intuir cuándo haría, vería, comería o, incluso, sentiría algo por última vez.
Si era una ventaja o una molestia, no podía asegurarlo, sin embargo.
Las demás personas sabemos cuándo es la última vez de algo porque así lo decidimos, tras sufrir una experiencia negativa, frustrante o aterradora.
La diferencia es que ella no necesitaba pasar por ese trago, esa visión o ese trance amargo para saber cuándo poner el cartel de «nunca más».
Porque le pasaba también con las cosas hermosas, y eso dolía.

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