Sobre el uso de saltos y dioses colgando de grúas
Atenas. El sol empieza a caer detrás de los olivos y el aire huele a humo y a pan recién horneado. A la sombra de una higuera torcida, Homero —que aún no sabe de cálamos ni de pergaminos— se entretiene rascando con el índice una piedra muy plana, como si eso le ayudara a cincelar en su memoria los versos de una larguísima Odisea que lo hará inmortal. Cerca de él, sentado sobre otra piedra, un hombre encorvado —no parece de su tiempo, ni del de nadie, a pesar de su atuendo contemporáneo con el del aún desconocido autor— se abanica con una hoja de parra seca. Hay algo en su mirada que parece haber visto demasiado. Quizá es un sabio, quizá un eco de otro siglo. Puede que un poeta aún no nacido. El viejo se levanta: ha escuchado algunas líneas que Homero ha declamado a media voz.
—Así que todo empieza en Troya —lo interrumpe, mirando de reojo cómo una hormiga se pierde entre sus sandalias—; empieza y termina sin sobresaltos, como una carreta bien engrasada.
Homero suspira.
—Así es. Una historia clara. Odiseo parte, lucha, naufraga, regresa.
—Clara —repite el extraño, saboreando la palabra como quien mordisquea una aceituna—. Claridad es como lo llamas cuando no confías en la paciencia de quien escuchará tus versos. Escúchame. Sí, empiezas con Odiseo perdido, varado, cansado. Muy bien. No tenemos palabra para eso todavía, pero algún día, más allá de Roma, lo llamarán in media res: empezar por el medio, cuando todo ya arde o se ha hundido. Lo haces bien, pero lo desenredas demasiado pronto. Rescatas a tu héroe enseguida, lo haces hablar y todo se vuelve cómodo. Te sugiero que hagas otra cosa: empeora su situación, ponlo en aprietos. Piérdelo más. Sin recuerdos. Sin nombre. Solo la sal pegada a los párpados. Que tarde en contarse a sí mismo. Que el público se retuerza queriendo saber quién es ese náufrago.
Homero lo mira extrañado y pregunta:
—¿Y qué hago con Troya? ¿Con el caballo? ¿Las sirenas?
El hombre alza la mano para espantar moscas, reales o imaginarias.
—Lo de Troya vendrá después. O antes. Da igual. Cuando una reina lo invite a cenar, que entre bocado y bocado el protagonista le cuente sus batallas. Eso es lo que muchos siglos después llamarán un flashback, en la lengua de mercaderes y bárbaros que aún no saben ni que escribirán. Aquí ya lo tenemos. Es analepsis, puro griego: saltar atrás para que algo tenga peso.
Homero contiene una carcajada, casi incrédulo.
—¿Y si el pueblo no recuerda nada?
—Mejor. Si alguien duda, que busque sentido entre los versos. Así, mientras piensan, tú te bebes el vino y comes la carne que te ofrezcan. Y si un día quieres rizarlo más, abre una puerta lateral: inventa un camino que tal vez nunca existió.
El sabio se inclina un poco más, con la voz transformada en un susurro.
—Cuando llegue la época de la gente cultivada en las islas brumosas, a eso lo llamarán flash-sideways. Otro truco para contar universos paralelos, para presumir de saltos en las narraciones. Lo que pudo ser, lo que no fue. Una analepsis que se retuerce como una rama de parra seca. La audiencia lo entenderá mal, pero fingirá que sí lo capta.
El viejo se sacude la túnica —un polvo de siglos que parece no pertenecer a esta tierra— y mira el horizonte, rojo y vibrante de cigarras.
—Y cuando creas que se aburren, adelanta una desgracia. —Señala un punto indefinido, lejos, más allá de las colinas—. ¿Qué te parece un augur que ve a Telémaco masacrando con lanzas a los pretendientes? ¿Un cuervo que grazna sobre Ítaca? ¿Un sueño donde Penélope se ve vieja y sola? Eso, cuando lo expliquen en el futuro, será un flashforward; mientras, aquí lo llamamos prolepsis: un salto hacia adelante, una trampa para que el público se retuerza en la grada queriendo saber cómo llegarás hasta ahí.
Homero lo observa como si estuviera viendo al mensajero de los secretos, Hermes, disfrazado de mendigo.
—¿Y si lo que viene no tiene arreglo?
El extraño chasquea la lengua, satisfecho.
—Entonces invoca uno. Si Odiseo se pierde, que Atenea baje envuelta en bruma. Si los pretendientes se rebelan, que Zeus los fulmine. Si Penélope duda, que un oráculo le susurre qué hacer mientras duerme. Ese truco es un poco descarado, sí, pero dentro de trescientos años lo explotarán en el escenario sin pudor. Lo bautizarán en latín deus ex machina. Un dios en la máquina, que bajará colgado de una grúa cuando ya no sepas qué hacer y quieras cerrar el acto, o el relato. —Se gira despacio para rematar—: Y no te preocupes por la lógica —dice, con los ojos perdidos en el último reflejo del sol sobre los tejados—. La lógica es para los contables. Tú, escribe con ritmo. Con humo y viento. Los dioses harán el resto.
Homero gira su piedra, la agarra y la lanza a lo lejos, risueño, pero confundido.
—¿Quieres decir que debo empezar por la mitad, luego dar un salto atrás, abrir caminos que quizás no existan, adelantar un final… y cuando todo se tambalee, hacer descender un dios colgado de un mecanismo…?
—Más o menos —le confirma el extraño, con una sonrisa de lobo satisfecho—. Y si alguien dice que es trampa, invéntate otro verso y llámalo destino.
El desconocido se aleja despacio, dejando tras de sí un leve rumor de siglos entre sus sandalias y la tierra seca. Homero lo sigue con la mirada; después, baja la vista hacia otra piedra lisa. Se pasa el pulgar por la frente, respira hondo. En la primera línea imaginaria, tacha Troya y recita: «Una playa. Un hombre sin nombre. Un recuerdo de un ojo gigante.» Deja que su voz se enrede en la brisa un instante. Sabe que el resto vendrá: los saltos, los dioses, las mentiras necesarias. Si no llegan —está seguro de que lo harán— siempre quedará hacer bajar a Zeus montado en un rayo para que lo solucione todo.

Un comentario sobre “Versos y relámpagos”
Hollywood años 40🎬: Homero era un brillante guionista, que por fin consigue le den unos minutos en la Warner Bros para presentar su guión «La Odisea», al gran y más que temido Samuel Goldwyn. Cuando Homero entra en su despacho, lujosamente decorado, sólo pudo sentir el pánico frente a un hombre qué estaba más cerca de ser un cíclope que un productor de películas. Este le invito a sentarse al otro lado de la mesa, y es cuando nuestro guionista, reparó qué, a su lado, estaba sentada la malvada Hedda Hopper’s, dispuesta a hechizar a Homero, para que respondiese a sus preguntas, tal y como ella quería para su columna en Los Ángeles Times.
Comienza la lectura y nuestro productor hace un gesto para qué Homero deje de leer su libreto: el Sr. Goldwyn quiere que la historia empiece más atrás, antes de la guerra de Troya, para dar más protagonismo a la esposa de nuestro protagonista, Penélope y a su valiente hijo Telemaco. Homero tendrá que empezar a reescribir su guión y solo tiene 24h – la historia parece gustarle a nuestro productor -, pero antes de que Homero se levante de su silla, el Sr. Goldwyn le hace un guiño a la Srta. Hopper’s y le pide a nuestro guionista, que también escriba una llegada a Ítaca, más compleja, más dramática, casi de pavor, aunque mute a nuestro protagonista, Ulises, cuál un homeless sin destino se tratase!. Homero, pese a encontrarse algo aturdido, se dirigió a su pequeño apartamento decidido a escribir el mejor guión jamás escrito hasta ese momento. Su sorpresa fue mayúscula, cuando un grupo de admiradoras, estaba esperándole en la puerta de los Estudios, papel y lápiz en mano, pidiéndole un autógrafo!. Muchos éxitos de taquilla, mi tan admirado escritor😎🎬🍿.