De nuevo estás ante el teclado, o la libreta, con todo preparado para hacer lo que más te gusta, pero esta vez te sucede lo siguiente: tienes un montón de ideas para historias, y en cuanto inicias Word, o Scrivener, o cualquier otro programa que te sirva para este noble fin, ¡empiezas a escribir como si no hubiera un mañana! Esta vez no se trata de la escritura automática que te conté en otro rincón de este blog. Ahora nadas en la abundancia narrativa, a tope, sin distracciones innecesarias ¡estás adoptando el mejor enfoque!
En las líneas siguientes me he atrevido a desmentir, punto por punto, lo expuesto en un artículo reciente de Andy Weir, publicado en Writer Digest. Este célebre autor de ciencia ficción vuelve a aconsejarnos —¿otro autor de éxito que se empeña en esto?— cómo superar la arraigada veneración que todos los escritores tenemos por santa Procrastinia. No es tu caso, escritor o escritora que me lees, y confío en que estas líneas te lo confirmen, porque te presentaré al menos cuatro de las verdaderas razones que te llevan a hacerlo muy bien. Tú sabrás entender lo que quiero transmitirte, y aplicarte el cuento según cuadre con tu circunstancia.
1. Sabes qué historia elegir
Lo tienes claro: no dudas entre un enorme abanico de ideas, descabelladas, desmelenadas o descocadas que se te ponen a tiro de pluma. Tienes una visión clara y definida de lo que quieres contar. Para ti, escribir un libro no es un compromiso aterrador, aunque pueda llevarte meses y meses de lecturas y relecturas, revisiones, cambios de rumbo… Es una aventura emocionante en la que deseas embarcarte sin dudarlo. No te detienes a pensar en lo que te podrías estar perdiendo, porque cualquier idea que descartes ahora puede convertirse en tu próximo proyecto… ¡y lo sabes!
-
Problema inexistente: la parálisis por análisis no te afecta, eso es cosa de gentes flojeras e inestables, o de perfeccionistas que pueden pero no quieren, porque solo empiezan cuando han descartado todo lo descartable. Esto no te sucede a ti, consciente como eres de que cada cuento tiene su momento, y tienes la preparación y la disposición idóneas para atacar la que más retumbe en tu interior en cada ocasión.
2. Las historias en tu cabeza parecen buenas, pero se transforman en geniales al escribirlas
Tus ideas que te parecen interesantes en tu mente, cobran vida de manera espectacular en cuando las plasmas en papel. No te asusta la posibilidad de que tu prosa no esté a la altura de tus expectativas o las de los demás. En lugar de eso, entiendes que escribir es un empeño creativo durante el cual tu relato evolucionará, y tienes la convicción de que con mucha frecuencia superará incluso lo que habías imaginado al principio.
-
Problema inexistente: no te preocupa que tu obra no sea perfecta desde el principio, porque la magia está en la revisión, la reescritura, la mejora y vuelta a empezar. No queda tiempo para procrastinar, como si desconfiaras de tu capacidad para hacerlo bien. Las páginas de tu pantalla o tu cuaderno pasan muy poco tiempo vacías, y si tienes algún problema es solo el de decidir cuándo has alcanzado tu perfección.
-
Problema inexistente 2b: ninguna enésima revisión se te «hace bola» entre los dedos, la creación siempre se mantendrá tierna y fluida para que sigas moldeándola sin abandonarla hasta su madurez.
3. Has ido por ahí contando la historia mientras la escribes
Compartir tus ideas con otras personas no te quita el deseo de escribir; más bien, te motiva a darles más vida. ¿No has sentido ganas de ampliar las historias mientras las cuentas? Preguntas como ¿y si el malo no estuviera convencido del crimen que iba a cometer? o ¿por qué no hacer que la protagonista se presente en la reunión de amigos y declare su pasión por la anfitriona? Seguro que has vivido esta sensación una y cien veces. Por eso cuentas tus historias a todo el mundo. ¿Temes que tus lectores, pocos y que te conocen bien, se sepan tu última novela antes de publicarla? ¡Imposible! Nadie sabrá cuánto ha cambiado gracias a haber desvelado partes sueltas de la trama en tus tertulias. Incluso, habrá quien te recuerde algo como ¡anda, esto te lo sugerí yo, y lo has incluido!
Cuando hablas de tus escritos, eres consciente de que no los agotas, sino que te inspiras para desarrollarlos con más profundidad. Escribir es una experiencia compartida y aprovechas cada conversación sobre tu obra como una oportunidad de afinar y perfeccionar tu narrativa.
-
Problema inexistente: la interacción con otras personas no drena la motivación, sino que la potencia. Aprecias el valor de la retroalimentación —en inglés parece más fácil de pronunciar, fidbac— temprana y la importancia de ajustar tu trama sobre la marcha, para confirmar que lo que estás escribiendo tendrá un impacto real.
4. No necesitas conocer el final desde el principio
Si eres del club del «mapa», esto no va contigo, pero ya queda poco para terminar esta lectura y quizás te animes a pasarte al brujuleo. No tienes que saber cómo acabará tu historia antes de empezar. Disfrutas del viaje tanto como del destino. Escribir sin un final definido por completo no te asusta; al contrario, te libera para explorar todas las posibilidades que se te presentan durante el proceso creativo. Sabes que un final inesperado puede surgir mientras escribes. Con tu veteranía, seguro que dominas los mapas mentales, la técnica del copo de nieve o los sprints de escritura y me estarás dando la razón ahora mismo, y quizás estés recordando que se dice que la mismísima J.K. Rowling reconoció que algunos giros clave de su Harry Potter surgieron sin preverlos durante el proceso creativo.
-
Problema inexistente: no te hace falta perfeccionar un plan antes de empezar. Entiendes que los grandes finales a menudo se descubren mientras tecleas, y dejas que tu narrativa fluya naturalmente hasta su desenlace.
En resumen, lejos de procrastinar, estás tomando las decisiones correctas para avanzar. No te paralizan ni la duda ni la necesidad de perfección y te echas en brazos del proceso creativo con total confianza. Enhorabuena, tu escritura se está desarrollando de manera orgánica y poderosa. Ya puedes arrinconar o echar de casa la imagen de la santa patrona de las excusas fáciles, o inspirarte en ella para escribir un cuento como el que acabas de leer.
