Tres formas distintas de tropezarse con un relato
Todo empezó porque a Alice Munro no le gustó cómo terminaba La sirenita. Que, pensándolo bien, no es mala forma de empezar una carrera literaria: tener ocho o diez años, escuchar un cuento, y decidir que el autor la ha cagado.
Porque eso es más o menos lo que le pasó, según cuenta ella misma en una entrevista que leí hace tiempo y que se me quedó grabada (no soy un especialista, pero procuro leer muchas entrevistas y artículos sobre cosas de letras e idiomas, escribir de vez en cuando y asistir a un taller de escritura creativa donde te dan jugosas pistas sobre autores interesantes). Andersen había decidido que la sirenita tenía que sufrir, renunciar a su amor, disolverse en espuma y todo lo demás, eso que los adultos llaman «un final intenso» cuando en realidad lo único que uno quiere, con ocho años, es que la pobre chica sea feliz de una vez. Munro se inventó otro final, y ya no paró.
A veces pienso qué pasaría si sentara a Munro a hablar de esto con Murakami y con Galeano, un suponer. Sospecho que los tres se llevarían bastante mal al principio, y bien, quizás, después.
–Yo no empecé por un final –diría Murakami, con esa cara de quien no está del todo interesado en la conversación–. Empecé por un título.
Ahí es donde uno empieza a sospechar que los escritores tienen una relación un poco rara con las cosas. El título era Quemar graneros. Eso fue lo primero que hubo. No había graneros todavía, ni nadie que los quemara, ni ningún muchacho observándolo todo con esa mezcla tan suya de curiosidad y desconcierto. Solo había tres palabras sueltas en japonés, Naya wo yaku, y, a partir de ellas Murakami tuvo que ahondar, como quien averigua algo sobre sí mismo, qué demonios podía estar pasando ahí. Esta anécdota la leí en una entrevista que le hicieron y me gusta porque tira por tierra esa idea, tan cómoda, de que los escritores guardan un cajón con argumentos ya listos, personajes con nombre y apellido, finales pactados de antemano, todo en fichas perfectamente clasificadas, y que sentarse a escribir consiste simplemente en abrir el cajón que toca y montar el puzle.
Munro tenía que rescatar una sirena, y Murakami tenía tres palabras. No es, la verdad, el material con el que uno esperaría levantar nada parecido a un relato de éxito. Aunque tampoco sé si esto es del todo así, ojo; a lo mejor ambos tenían ese cajón y simplemente no lo cuentan porque suena más mítico.
Y ahí seguramente habría intervenido Galeano, que llevaba un rato callado.
–Vosotros os inventáis las historias –diría–. Yo salgo a buscarlas.
Galeano se llamaba a sí mismo cazador de historias. Las buscaba –¿encontraba?– en la gente, en las sobremesas, en cosas que pasaban al lado suyo y que a cualquier otro se le habrían escapado del todo. Tenía esa cualidad rara de escuchar incluso cuando parecía que no escuchaba nada.
Munro le preguntaría, imagino, qué hacía cuando no encontraba nada. Y Galeano se reiría, porque el problema nunca era ese. Historias hay siempre, decía más o menos; lo difícil es que alguien tenga la sagacidad para verlas. Curiosamente ahí es donde los tres vuelven a coincidir, aunque cada uno llegue por su lado. Porque Munro contaba que en los años en que tenía niños pequeños en casa –y escribir no encabezaba, ni de lejos, la lista de tareas diarias– podía pasarse meses dándole vueltas a una historia antes de escribir una sola línea. En ese plazo no buscaba la frase perfecta, ni una inspiración con violines de fondo. Simplemente, convivía con la idea y se enfrentaba a sus líos domésticos. Entraba y salía de ella mientras hacía la comida o llevaba a alguna de sus cuatro hijas al colegio.
Esto me parece muy sugerente porque está bastante lejos de esa imagen tan manida del escritor que se encierra seis horas y sale con veinte páginas mientras el resto del mundo hace ruido fuera. A veces escribir es, sobre todo, no escribir, o, más bien, fingir que no estás escribiendo mientras el murmullo de algo, por debajo, sigue sonando por su cuenta.
Munro empezó corrigiéndole el final a un cuento ajeno. Murakami empezó un relato con un título sin contenido todavía (luego hicieron una peli que no he visto). Galeano andaba por ahí recogiendo historias como quien colecciona piedras sin saber muy bien para qué las quiere. Ninguno tenía una guía que dijera que una historia debe empezar por «una buena idea». Y quizá sea una suerte que no la tuvieran, la verdad, porque cuando hablamos de cómo empiezan las historias tendemos a complicarlo más de la cuenta. Nos ponemos a preguntar de dónde salen los personajes, cómo se construye una trama, cómo se encuentra una voz. Todo eso importa, sí, pero después. Antes hay algo bastante más simplón, algo te llama la atención y, sin que sepas muy bien por qué, no consigues quitártelo de encima.
Después viene el oficio, claro, que es la parte más antipática –bueno, no tanto– de todo esto. Ahí ya no vale con que una sirena te dé pena o con que un título te suene bien. Hay que sentarse. Hay que decidir qué se queda y qué se poda, cuándo se acaba una historia y cuándo simplemente estás harto de ella. Igual que explican en el anuncio de las patatas, hay que escribir mal un montón de veces antes de que algo empiece a parecer sencillo. De esto último sí puedo hablar, aunque solo sea porque lo vivo en tecla y pluma propias casi a diario. Pero eso es otro capítulo, como los muchos que me faltan para terminar mi novela inconclusa.
Me apetecía imaginarme a tres genios hablando de sus comienzos, no porque tuvieran una fórmula –insisto, menos mal que no la tenían– sino porque cada uno la encontró por una puerta distinta.
Diría que el truco –si es que hay alguno– estaría en saber reconocer tu cuento mal terminado, tu título enigmático o tu presa cuando pase cerca, y no ser tan soso como para dejarlos escapar.
