
También conocidos como pedantes, pomposos o rebuscados, entre otros
En el territorio siempre movedizo de la traducción y la escritura –la política también lo sería– acecha una tentación que ni los más curtidos logran esquivar: la de cargar el lenguaje hasta hacerlo relucir… y, con ese mismo pulido, volverlo perfectamente ilegible. Para ese exceso hay una palabra tan exacta como poco practicada; me llega en inglés: lexiphanic. La adopto en español, con la naturalidad de quien importa un vicio elegante, como lexifánico.
Se trata de un adjetivo que califica o describe un uso de un lenguaje ostentoso, inflado y excesivamente elaborado. Un estilo que no busca tanto comunicar como deslumbrar. La retórica convertida en espectáculo, frases que se miran al espejo antes de salir a escena.
Según he podido saber, el término procede del griego antiguo –léxis (palabra) y phaínein (mostrar)– y llega a nosotros a través de la sátira de Luciano de Samósata. En su diálogo Lexífanes, presenta a un personaje enamorado de palabras grandilocuentes hasta el ridículo. Se trata de alguien que no habla para ser entendido, sino para ser admirado. El nombre ya lo delata: «el que exhibe palabras», y de ese retrato burlón nos llegaría, si existiese en español, la herencia de lexifánico, con toda su carga de ironía intacta a través de los siglos.
Los síntomas son fácilmente reconocibles. Comparto aquí mismo algunos ejemplos, quizás algo exagerados, pero muy visuales:
- «Procedí a la utilización del dispositivo conforme a los paradigmas operativos establecidos», en vez de «usé el equipo como se indicaba».
- «El fenómeno pluviométrico presentó una intensidad notable», por «Llovió mucho».
- «Se ha producido una disrupción significativa en la cadena de suministro», en vez de «hay problemas con los envíos».
- «Estoy experimentando una ligera indisposición de carácter cefálico», en vez de «Me duele la cabeza».
- «Voy a proceder a la ingesta de nutrientes en un entorno de restauración», para decir «Voy a comer».
Como puede verse, llega un punto en el que la frase deja de comunicar y empieza a desfilar. El fenómeno no discrimina ámbitos, y parece sentirse como en casa allí donde la claridad podría resultar peligrosamente accesible para el común de los mortales. En el lenguaje corporativo, por ejemplo, uno puede asistir a reuniones donde nadie «tiene una idea», pero abundan quienes «articulan propuestas orientadas a la generación de valor». Las personas que componen la plantilla no «trabajan junto a otras», sino que «activan sinergias interdepartamentales». Por supuesto, nunca se «hace algo», sino que se «facilita su implementación en fases sucesivas». ¿Lo vas pillando?
En ese ecosistema, frases como «necesitamos alinear expectativas para maximizar outputs», «vamos a pivotar hacia un enfoque más resiliente» o «este deliverable no cumple los estándares de excelencia esperados» han masacrado a sus humildes equivalentes, tales como «hemos de ponernos de acuerdo», «cambiemos de plan» o «esto no ha salido bien». La diferencia es colosal.
En el mundo académico, el lexifanismo adquiere una dignidad solemne. Allí, las ideas no «se explican», sino que se «articulan dentro de un marco epistemológico». Un argumento no «se entiende mejor», porque «se problematiza en el contexto de una discursividad bien ubicada», para darnos engendros como: «el sujeto cognosciente se posiciona frente a la otredad en un proceso dialéctico de construcción identitaria», que bien podría, sin pérdida sustancial, transformarse en «La persona se define en relación con los demás». Pero claro, esto último corre el riesgo de ser comprendido a la primera, y eso –parece– no siempre conviene.
Ni siquiera la vida cotidiana está a salvo. Hay quien evita decir «no sé» para contar que «carece de la información necesaria para emitir un juicio fundado»; otros no llegan tarde, sino que «experimentan un desfase temporal en su llegada prevista» (igual me he pasado un poco). Y hay quien no se equivoca, sino que «incurre en una desviación respecto a la expectativa inicial».
El efecto del lenguaje lexifánico es curioso. Aspira a elevar el discurso, pero a menudo lo vuelve distante, impenetrable o, en el peor de los casos, involuntariamente cómico. Puede sugerir erudición, sí, pero también inseguridad, como si la sencillez expusiera demasiado. Como si decir «llueve» fuese, de algún modo, quedarse cortos. Sin embargo, conviene matizar. El exceso, cuando es deliberado, puede ser un recurso. La prosa hinchada hasta el absurdo puede resultar deliciosa en clave satírica. Hay un placer particular en leer una frase que se toma tan en serio a sí misma que termina desmoronándose.
Para quien traduce, el término lexifánico puede ser especialmente útil, como advertencia y como criterio. Porque traducir no es inflar el original, sino encontrar su equilibrio en otra lengua. A veces, podemos tener la tentación de mejorar el texto con palabras más rimbombantes; pero en ese gesto, se corre el riesgo de traicionarlo. Traducir he said como procedió a manifestar verbalmente es teatro innecesario, alejado de la precisión.
Quizá la lección de fondo sea sencilla, aunque no siempre fácil de aplicar, pues la elegancia no reside en la abundancia, sino en la adecuación. La palabra justa rara vez necesita acompañantes excesivos. En resumen, el lenguaje lexifánico –en su forma más pura– se compone de palabras arropadas y emperifolladas para ser admiradas, incluso a costa de ser incomprendidas… o incomprensibles. Pocas cosas hay más patéticas que un discurso brillante, pero que nadie entiende.