¿Cuánto pasado necesita una novela?
Randy Ingermanson publica cada semana en su blog una entrada sobre cómo escribir ficción, y cada semana me recuerda que siempre hay personas capaces de convertir la literatura en una suma. Algo como «Escribir con éxito = crear + organizar + vender». Lo dice un físico, el del famoso método del copo de nieve, no se le puede acusar de incoherencia. A mí, que llevo media vida peleándome con frases que a veces no se dejan traducir, ese cálculo me provoca la misma ternura que los anuncios que prometen aprender inglés en treinta días.
Esta semana tocaba el flashback, un recurso que en los talleres se mira de reojo, cuando se mira. Ingermanson empieza bien. Un flashback es una escena, afirma, con su gente, sus diálogos y su presente, y nada tiene que ver con ese párrafo en el que el narrador nos cuenta la infancia del protagonista mientras el lector mira el reloj. Hasta ahí, de acuerdo. Después saca la regla de que no debe aparecer nada del pasado en las primeras cincuenta páginas y, acto seguido, nos dice que podemos saltárnosla. Me encanta. Primero el mandamiento, con su número exacto para que veas que va en serio, y luego la absolución. Cincuenta, ni cuarenta y ocho ni sesenta. Alguien, en algún taller del Medio Oeste americano, se ha tomado la molestia de contarlas.
Luego están las palabras con mayúscula, otra manía de los manuales anglosajones: Backstory, Frontstory, Values. Pones una inicial grande y la palabra más corriente parece un concepto patentado. El traductor que llevo dentro llamaría trasfondo a la Backstory, y a la Frontstory, que no tiene traducción decente, la llamaría sin más la novela, que es lo que el lector ha pagado. En eso Ingermanson y yo estamos de acuerdo.
Donde el artículo se luce es en el ejemplo, El hombre de San Petersburgo, novela de Ken Follett publicada en 1982. Feliks es un anarquista ruso que llega a Londres en 1914 para matar a un príncipe y evitar que Rusia entre en la guerra. Durante media novela no es más que eso, un hombre que ha venido a matar. Veinte años antes, en San Petersburgo, Feliks había tenido una relación con Lydia… A partir de ahí, Feliks quiere dos cosas incompatibles y la novela cambia de marcha. Follett se guarda esa historia hasta el momento en que lo cambia todo, y entonces la suelta entera.
La mecánica es bastante más sencilla. Frase para entrar, escena en el pasado, frase para salir, y listo. Igual que una estantería sueca con su llave Allen. La frase de salida de Follett, por cierto, la de que Feliks no supo nada más durante diecinueve años, es una maravilla. El pegamento es lo de menos. Lo difícil es saber qué recuerdo merece parar la historia, cuánto rato y si el lector seguirá ahí a la vuelta o andará ya con el móvil, dándole al escrol.
El pasado de los personajes lo inventamos nosotros, con mucho trabajo y bastante cariño, y luego da pena tirarlo. Yo lo sé bien. En la novela que tengo entre manos, Hakim es un combatiente que acaba desertando en Siria, y en el primer borrador su pasado en Raqqa estaba contado de oídas, en uno de esos resúmenes que a Ingermanson le darían urticaria. Ahora he decidido que merece escenas, uno o dos capítulos con Hakim y sus disyuntivas, y no sé dónde meterlos sin sacar al lector de Bruselas a rastras. Para colmo, le había puesto sin darme cuenta el mismo apellido que a un líder yihadista de la misma novela, y tuve que rebautizarlo. Tanto mimo con su pasado y ni me había fijado en cómo se llamaba.
Los tres consejos con los que cierra Ingermanson los firmo sin más ironía: el pasado, lo más tarde posible; extensión, la justa, y en escena solo si de verdad importa. Hay novelas que viven sin mirar atrás y otras que solo se entienden mirando hacia atrás. Lo que no tiene arreglo es que un flashback siga ahí solo porque al autor le costó escribirlo. Ese acaba notándose.
