Blog

Discursos breves de ascensor

Una novela, una vecina y cuarenta segundos para convencerla

Leo en Writer’s Digest un artículo de Robert Lee Brewer que reúne veinte elevator pitches de libros recién publicados. Son esas presentaciones que deben caber en un trayecto de ascensor. Brewer establece un paralelismo ecológico al decir que el autor usa su frase para cautivar al agente, el agente para cautivar al editor, el editor para cautivar al librero y el librero para cautivar al lector, formando una cadena alimentaria en la que todos se comen la misma frase y, con suerte, esta sobrevive a varias ediciones de la misma obra.

Entre los ejemplos hay un detective contratado por un multimillonario incapaz de morirse y una novela romántica entre una panadera y un hombre lobo propietario de un gimnasio, resumida por su autora como «a cozy, spicy monster romance». Lo leí dos veces. Quizá también lo compraría.

Pensé en el ascensor del edificio donde viví hasta independizarme, con su puerta de fuelle, su franja de espejo con el azogue desgastado y unos cuarenta segundos hasta mi piso. Tiempo suficiente para un pitch, según Brewer. En todos aquellos años, sin embargo, jamás oí a nadie resumir allí una novela. Sí oí lo de «parece que refresca», «a ver si llueve» y «este ascensor un día nos da un disgusto». Durante años creí que era conversación de relleno. Ahora sospecho que mis vecinos practicaban el género sin saberlo. La del segundo dijo una vez, entre el bajo y el primero: «El del ático ya no saluda». Seis palabras que incluían protagonista, conflicto, misterio y una amenaza para la convivencia. Ningún taller de escritura me habría enseñado tanto sobre economía narrativa como aquella mujer con la bolsa del pan.

Después de leer lo de Brewer, decidí hacer los deberes y escribir mi propio pitch. La primera versión ocupaba tres líneas y podía servir para otros cuatrocientos libros. La segunda era más corta y también más falsa. La tercera parecía escrita para la contracubierta de una novela que yo no habría leído.

Llevo más de treinta y cinco años traduciendo y sé que ningún texto cruza de un idioma a otro sin dejarse algo por el camino. Con el pitch pasa lo mismo, solo que a lo bruto, pues cada poda deja una cicatriz. Un pitch es una traducción a un idioma de apenas unas palabras, veinte o treinta, sin concesiones. Puede explicar qué ocurre en un libro, pero no por qué te atrapa. No cabe el capítulo en el que aparentemente no pasa nada, ni la frase reescrita once veces ni ese detalle que el lector recordará diez años después sin saber por qué.

Tampoco quiero ser injusto con Brewer. Tiene razón en lo esencial. Quien no sabe decir de qué trata su libro corre el riesgo de no saberlo ni él mismo. Imagino que el de Brewer es un ascensor de rascacielos neoyorquino, donde un agente mira el reloj, la puerta se abre en el piso cuarenta y dos y la frase tiene que calar antes de que suene el timbre.

Hace años, cuando vivía en Bruselas y me dedicaba a la comunicación y la traducción, el ascensor de mi apartamento se paró entre el cuarto y el quinto. Era uno de esos ascensores belgas para dos personas y media. La media persona era yo, encajado junto a la vecina del quinto y su carrito de la compra. Esperamos veinte minutos al técnico. Hablamos primero de la lluvia, lo normal en Bruselas, y luego me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que traducía novelas y que algún día escribiría una.

—Alors vous me le prêterez —me contestó.

Sigo sin hacerlo. La novela que intento terminar ahora transcurre en aquella misma ciudad de lluvia y pasillos con moqueta. La protagoniza un hombre que se hace llamar Hakim, aunque no se llama así, y que desertó de una guerra a la que nunca debió ir. En su camino aparece Aisha, una traductora con muchos idiomas y ganas de escribir una novela. Es el personaje que menos me cuesta escribir y el que más me cuestiona. El primer borrador está casi completo, que en mi experiencia es la manera más falsa de decir que aún le falta mucho. El final se resiste y yo, en lugar de enfrentarme a él, pulo capítulos que ya estaban bien, como quien limpia la casa a fondo para no abrir una carta certificada de Hacienda.

Es la única obra que he vendido en un ascensor. Sin escribirla, sin pitch y sin trama ni argumento, a una vecina que no tenía escapatoria. Todavía no se la he pasado. Ningún agente literario aceptaría esas condiciones. Ella sí, porque el ascensor estaba parado y, entre el cuarto y el quinto, cualquier promesa parece razonable. Quizá el mejor elevator pitch sea, después de todo, el que se suelta en un ascensor averiado.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 2 Promedio: 5)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *